—Vaya, qué buena eres para actuar —dijo Josefina, mirándola con sarcasmo.
Acto seguido, se sentó en uno de los sillones individuales y se acomodó tranquilamente para observar a Benjamín.
La cara de Helena se descompuso de rabia.
—¡Igualada sin educación! —bramó—. ¡Cómo te atreves a hablarme de esa manera!
—¡Abuela! —interrumpió Benjamín con un tono pesado. Su hermoso rostro estaba cubierto por una sombra amenazante.
—Ya investigué todo lo que pasó. Tengo perfectamente claro lo que usted hizo —declaró.
Los ojos de Helena se movieron con nerviosismo, pero era imposible que fuera a admitir la culpa. Mantuvo su actitud prepotente.
—Benjamín, ¿qué significa esto? Tu mujer me falta al respeto, ¿y no piensas ponerla en su lugar?
Benjamín la miró con absoluta frialdad.
—Usted la mandó a fastidiar a Mauro a escondidas para llevarlo al límite. Luego, apareció frente a él como si fuera su salvadora, le dio dinero y le ordenó que la ayudara a hundir a Jose...
Tomó un respiro profundo y agregó:
—Siempre le he tenido un gran respeto, pero ¿cómo pudo hacer algo tan descarado?
—¡Tú!
¡Helena jamás se imaginó que su propio nieto se atrevería a regañarla!
Su enojo anterior había sido fingido, pero este era cien por ciento real.
Lo señaló con un dedo tembloroso.
—¡Eres un insolente, un nieto malagradecido! —le gritó—. ¿Cómo te atreves a hablarme así? ¡¿Acaso no me respetas como tu abuela?!
Lanzó una mirada fulminante a Patricia, asqueada por la incompetencia de esa vieja inútil que, al final, provocó que su nieto la estuviera regañando.
Suspiró hondo y se defendió:
—No tengo la menor idea de lo que me estás hablando, Benjamín. Dices que ya investigaste todo, pero ¿acaso encontraste alguna prueba de que yo mandé a Patricia a hacer esto?

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