¡Qué cinismo tan ridículo!
Josefina no le quitaba la vista de encima.
—Escúchate a ti misma. ¿No te da risa decir tantas estupideces? Las dos sabemos perfectamente lo que en verdad quieres, pero no te voy a dar nada. ¡Dime ya dónde está mi abuela!
Jimena sacudió la cabeza.
—Si no sigues mis instrucciones, no vas a saber nada.
Josefina apretó los puños con rabia. Ya había perdido cualquier atisbo de esperanza en Jimena.
¡Esa mujer le daba asco!
—¿Y qué me dices del Grupo León? ¿Acaso no te importa que la empresa familiar se vaya a la quiebra? —cuestionó Josefina con el rostro endurecido.
Jimena se desconcertó.
—¿Estás dispuesta a destruir tu propia empresa? Josefina, ¿te volviste loca?
—Ella no, pero yo sí.
Una voz grave e imponente resonó a sus espaldas, inundando la sala de estar con una presencia asfixiante y helada.
Jimena dio un salto de la impresión y se quedó atónita al ver entrar a Benjamín por la puerta principal.
—Benjamín... estos son asuntos familiares, ¡tú no te metas! —exclamó Jimena, llena de pánico. ¡Tenía que sacarlo de ahí a como diera lugar!
No contaba para nada con que él fuera a interrumpir en un momento así.
¡Con él entrometiéndose, sus planes se iban a ir al traste!
Benjamín primero echó un vistazo a Josefina. Tras cerciorarse de que estaba bien, fijó sus fríos ojos en Jimena y le soltó:
—Tengo la mala costumbre de ser muy metiche. ¿Tú crees que el Grupo León pueda soportar otra crisis financiera?
—¡Tú...! —balbuceó Jimena.
El rostro de la mujer se descompuso en un instante.
Sin embargo, logró recuperar la compostura casi de inmediato e intentó chantajearlo:
—Benjamín... Magdalena te salvó la vida en el pasado, y en todos estos años no te ha exigido ni un solo favor. Su único deseo ahora es devolverle los aretes de zafiro a su abuela, ya que le pertenecen a ella por derecho. ¿Te niegas a ayudarla con algo tan simple? ¿Acaso eres así de malagradecido?
Benjamín alzó una ceja, impasible.
—Aquí el tema central es dónde está la abuela. ¿Qué tiene que ver ella con esto?
—Oblígala a entregarme los aretes y entonces les daré la ubicación —insistió Jimena.
Josefina se tensó de pies a cabeza y clavó su mirada en Benjamín.
Por un momento, el ambiente en la sala se volvió tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo.

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