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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 294

Josefina le colgó de inmediato y se puso en contacto con Felipe para pedirle que rastreara a su abuela.

Al escuchar lo sucedido, Felipe cambió de expresión radicalmente.

—Qué locura, ¡eso no tiene perdón de Dios!

Josefina respiró profundo, tratando de no perder la cabeza.

—Por favor, apúrate. ¡A mi abuela no le puede pasar nada malo!

—No te preocupes, señorita Josefina. Hay más muchachos en Santa Aurelia, ahorita mismo me comunico con ellos —la tranquilizó Felipe, sacando su celular de inmediato para hacer las llamadas.

Sola en aquella habitación vacía, Josefina sentía que caía en un abismo oscuro y un frío escalofriante le recorría el cuerpo.

Jamás, ni en un millón de años, habría imaginado que Jimena fuera capaz de hacer algo tan sucio.

¿Cómo se atrevía a rebajarse tanto por una hija adoptiva? ¡Por los padres y abuelos de su hija adoptiva estaba cometiendo esa monstruosidad!

¿Acaso no le quedaba ni una pizca de cariño por su propia madre?

Incluso si se habían alejado con los años, ¿qué había de toda la infancia y juventud que compartieron?

¿Eso ya no valía nada?

Josefina se negaba a creerlo, pero la dura realidad estaba frente a sus ojos.

Entró al baño y se echó agua fría en la cara para despejar su mente.

En ese momento, recibió un mensaje de Jimena, exigiéndole que llevara los papeles del traspaso de bienes a la casa de los León.

Salió del hospital a toda prisa y se dirigió directamente hacia la residencia de la familia León.

Mientras tanto...

Felipe apenas había terminado una llamada cuando vio el nombre de Benjamín parpadeando en la pantalla de su teléfono.

Frunció el ceño con impaciencia y contestó:

—¿Qué quieres?

—¿Acaso se te olvidó el trato que hicimos? —preguntó Benjamín con un tono gélido y amenazante.

Incluso a través del celular, Felipe pudo sentir el peso de esa mirada congelada.

Su expresión cambió de golpe y se apresuró a explicarle:

Estacionó frente a la casa de los León y se adentró a zancadas rápidas.

Jimena estaba sentada en la sala. Al verla entrar como una furia, se puso de pie por inercia y le preguntó:

—¿A qué vienes en ese plan, Jose?

Josefina la fulminó con la mirada.

—¡Yo soy la que te debería preguntar eso! ¡¿Qué chingados pretendes?!

Jimena frunció el ceño con impaciencia.

—Te lo dejé muy claro por teléfono. ¿Trajiste los papeles?

—¡Estás soñando! —le soltó Josefina con frialdad—. ¡Dime en este momento dónde está mi abuela, o no me voy a tentar el corazón contigo!

Su actitud era tan imponente que parecía dispuesta a despedazar a Jimena con sus propias manos.

Lejos de intimidarse, Jimena volvió a sentarse cómodamente y le soltó su discurso:

—Todo esto lo hago por tu bien, Jose. Aún no te has divorciado de Benjamín; ¿qué pasaría si él decide despojarte de esos bienes? Yo mejor que nadie sé lo mucho que lo quieres. Una vez que firmen el divorcio, te regresaré todo a tu nombre.

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