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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 299

Josefina respiró hondo y se dirigió a Valentín:

—Te lo encargo. Yo tengo que ir a ver a mi abuela.

—De acuerdo —asintió él, para luego agregar—: Voy a pedir que alguien la lleve, no la veo en condiciones de manejar.

—Está bien.

Josefina no se opuso.

La verdad es que las piernas aún le flaqueaban; si se ponía detrás del volante, seguro provocaría un accidente.

Un guardaespaldas la llevó al otro hospital.

Al llegar, primero pasó al baño a echarse agua en la cara para intentar verse un poco más repuesta.

Cuando abrió la puerta de la habitación, encontró a la anciana acostada, con la vista fija en la entrada.

—Abuela.

Josefina se abalanzó hacia ella y se fundió en un abrazo.

La anciana le acarició el rostro con ternura.

—No tengas miedo, estoy bien.

Josefina cerró los ojos, todavía alterada por el susto.

Sentía una mezcla abrumadora de miedos y no tenía ganas de hablar; lo único que deseaba era abrazarla con fuerza.

La anciana parecía intuir sus sentimientos y no insistió más.

Durante un buen rato, en la habitación reinó el silencio.

Cuando el terror en el pecho de Josefina comenzó a disiparse, se enderezó y dijo:

—Jamás me imaginé que fuera capaz de hacer algo así.

La anciana soltó una sonrisa amarga.

—Yo tampoco lo imaginaba. Al parecer, esa mujer dejó una marca muy profunda en ella.

Esa mujer a la que se refería no era otra que la señora Reyes, la persona de la que Jimena le había hablado.

El primer amor de su abuelo.

Josefina exhaló un largo suspiro.

—Abuela, ya no te preocupes por nada. Yo me voy a encargar de lo que venga.

Josefina tomó aire y soltó las instrucciones:

—Usa los fondos que tengo para irte con todo en contra de la Fundación León. Además, quiero que todos los proyectos en los que el Grupo León esté trabajando se detengan en seco.

—Como ordene —aceptó Jaime.

—Entonces, ¿está muy difícil? —preguntó Josefina, con una pizca de duda.

Jaime soltó una carcajada al otro lado del teléfono.

—Pierda cuidado. El Grupo León ya viene arrastrando una crisis; los empleados están intranquilos y los socios actuales se la están pensando dos veces. Será bastante fácil asestarles el golpe.

—Perfecto, me dejas mucho más tranquila —dijo, suspirando de alivio.

Tras colgar, observó el cielo a través del cristal. La oscuridad de la noche ya envolvía la ciudad. Lo pensó bastante, pero al final decidió que iría a visitar a Benjamín.

Para cuando llegó al hospital, se dio cuenta de que Teresa ya se encontraba ahí.

Tenía el rostro desencajado y los ojos llorosos.

—Jose, ¿qué fue lo que pasó? ¿Cómo es que Benjamín terminó tan malherido?

En cuanto la vio entrar, se le abalanzó, tomándola de las manos, desesperada por una respuesta.

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