Teresa volvió a sentarse en la silla. Su rostro estaba pálido y demacrado. Miró a Josefina León con una mirada cargada de sentimientos encontrados y dijo:
—Jose, no sé a quién ofendiste, pero tú y Benjamín ya no pueden estar juntos. Lo vas a arrastrar contigo. Ya perdí a un hijo, no puedo perder también a Benjamín.
Su voz sonaba muy cansada, cargada de dolor.
Josefina se mantuvo en silencio. La luz blanca y brillante del pasillo la hacía lucir algo pálida también.
—Diego era sobresaliente. Cuando apenas empezaba a hacerse cargo del grupo, ya daba resultados. Su papá y yo confiábamos mucho en él, desde niño nunca nos dio dolores de cabeza...
En la mirada de Teresa apareció un tinte de nostalgia, seguido de inmediato por un profundo dolor.
Diego Gutiérrez había ido a un viaje de negocios al extranjero, pero su avión sufrió un accidente y se estrelló en el mar. Hasta el día de hoy, no se habían encontrado los restos de la aeronave.
Al principio, movieron muchos contactos para buscarlo, pero no consiguieron nada.
Solo lograron recuperar del fondo del mar la mochila de Diego, donde estaban sus identificaciones...
Fue entonces cuando se confirmó su fallecimiento.
Aunque habían pasado cuatro años, el dolor no había disminuido en lo absoluto.
Cada vez que lo recordaba, Teresa sentía una tristeza tan grande que deseaba morirse.
—Por eso, a Benjamín no puede pasarle nada, absolutamente nada... —La mirada de Teresa se volvió un poco más firme—. Siempre has querido divorciarte de él. Aprovechemos que ahorita está inconsciente para arreglar este asunto. Sé que faltan dos días para la audiencia, pero en su estado actual, Benjamín no podrá asistir y se pospondrá.
Las largas pestañas de Josefina temblaron levemente, y hasta ese momento habló:
—Está bien, haré lo que dices.
Ella tampoco quería arrastrar a personas inocentes.
Y se esforzaría por descubrir quién intentaba asesinarla.
—Jose, eres una buena chica, muy comprensiva —dijo Teresa con una leve sonrisa.
Josefina no dijo nada.
Una hora después.
Valentín regresó con unos documentos en la mano.
Teresa los tomó, los revisó con atención y luego preguntó:
Teresa dejó los papeles a un lado, le acomodó la pluma entre los dedos y luego le sostuvo la mano para que firmara su nombre en el documento.
Era una postura muy incómoda y no resultaba fácil escribir, pero Teresa se movió despacio para que la letra se viera ordenada.
Junto a la cama, solo se escuchaba el pitido constante de las máquinas médicas.
Teresa, sosteniéndole la mano, trazó con cuidado las primeras letras.
Pero justo cuando estaba a punto de terminar, Benjamín se movió de repente.
Apretó la pluma con fuerza y trazó un par de rayones sobre la línea de la firma.
El nombre que tanto trabajo había costado escribir quedó completamente arruinado.
Teresa lo miró sorprendida y se encontró de lleno con sus oscuros ojos.
—Mamá... ¿Qué estás haciendo?
Su voz sonó ahogada a través de la mascarilla de oxígeno, débil y sin fuerzas.

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