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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 406

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El rostro de Andrés estaba ensombrecido por la furia.

Para él, ¡esta hija no era más que una víbora malagradecida!

La habían criado, la habían alimentado, y ella jamás pensaba en devolverles el favor. Y ahora, para colmo, se atrevía a enfrentarse a ellos de esta manera.

—Si eres tan desleal y desapegada, ¿de verdad crees que tus padres biológicos querrán reconocerte en el futuro? —escupió Andrés sin piedad, dándose la vuelta para regresar a la habitación del hospital.

Josefina se mantuvo inexpresiva.

No había ninguna tormenta en su interior. Su corazón ya no sentía nada.

Por su mente solo desfilaban los recuerdos de todo lo que había ocurrido en el pasado.

Si ellos todavía la amaran como lo hacían cuando era una niña, en este momento estaría destrozada por el dolor.

Lamentablemente, el «hubiera» no existe.

La puerta de la habitación se abrió de nuevo y Benjamín salió al pasillo.

Su rostro varonil lucía algo pálido, y su frente estaba ligeramente fruncida, dándole un aire de preocupación.

—¿Qué te dijo? —preguntó él.

Josefina negó con la cabeza lentamente.

—Ya no importa.

Una chispa de inquietud cruzó por la profunda y oscura mirada de Benjamín. Se quedó contemplando el delicado rostro de porcelana de la joven.

—No se atreverá a hacerte nada. No tienes por qué tener miedo.

Josefina levantó la vista. Sus ojos, claros y cristalinos, se clavaron en él. De repente, preguntó:

—¿Qué intentas decirme con todo esto ahora?

Hizo una pausa y, con voz firme, le recordó:

—No lo olvides: ya firmamos los papeles del divorcio.

La expresión de Benjamín se enfrió un par de grados. Con un tono indiferente, respondió:

—Como tu aliado en los negocios, simplemente me preocupo por ti por pura cortesía. ¿Qué pasa? ¿Acaso ya ni siquiera puedo preocuparme por mi exmujer?

Esa simple frase la dejó sin palabras.

¡Tampoco era como si ella no supiera distinguir las buenas intenciones!

Se quedó en silencio, esperando tranquilamente.

No supo cuánto tiempo pasó hasta que su abuela salió de la habitación. El rostro de la anciana reflejaba cansancio y en sus ojos había una tristeza imposible de ocultar.

A Josefina se le cortó la respiración por un segundo.

—Jimena —respondió la anciana.

La enfermera señaló hacia donde estaban ellos.

—Está en aquella habitación.

—Gracias, señorita —agradeció la anciana con una sonrisa, y de inmediato caminó hacia ellos.

Al verlos parados frente a la puerta, el rostro de la mujer mayor se llenó de confusión. Sin embargo, cuando su mirada se cruzó con la de la abuela, la sonrisa se le borró de golpe.

Lidia Suárez también escudriñó a la recién llegada con detenimiento, antes de hablar con voz firme:

—Anaís... tantos años y veo que la hierba mala nunca muere.

Anaís dio dos pasos hacia adelante, desafiante.

—Lidia, ¿qué haces tú aquí?

—Esa pregunta debería hacerla yo. ¿Qué haces tú aquí? ¿Con qué derecho te atreves a pararte en este lugar? —La actitud de la abuela cambió drásticamente. Se volvió imponente, clavando una mirada afilada como un cuchillo en la mujer que se acercaba.

Josefina observaba la escena desde un lado, y una sospecha comenzó a tomar forma en su mente.

¿Acaso esta Anaís era la famosa «Sra. Anaís» a la que Jimena siempre mencionaba?

¿La abuela de Magdalena?

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