—La única que no tiene derecho a estar aquí eres tú —espetó Anaís, esbozando una sonrisa hipócrita y venenosa—. Si no fuera por ti, Tomás y yo habríamos sido felices juntos.
La abuela, lejos de alterarse, mantuvo la frente en alto.
—Tomás y yo estuvimos casados hasta el final de sus días. Tú siempre fuiste la amante, la sobra. Una simple rompehogares que se metió en la familia de otra mujer.
¡Bien dicho!
¡Josefina tuvo que contener las ganas de aplaudirle a su abuela!
Antes solo había escuchado pedazos sueltos de esa historia por boca de Jimena, pero ya se había imaginado el panorama general.
Incluso si a su abuelo lo hubieran obligado a casarse con su abuela, una vez que dio el sí en el altar, su deber era mantenerse fiel hasta el final. Era lo mínimo que se esperaba de un hombre decente.
Pero el abuelo no lo hizo. Siguió enredado con su amante. Él fue quien engañó primero; la abuela nunca tuvo la culpa.
El rostro arrugado de Anaís se deformó por la rabia, dándole un aspecto feroz y amargado.
—¡Hmph! Tú te quedaste con el título de esposa, sí. Pero no solo jamás tuviste su amor, sino que ni siquiera lograste ganarte el cariño de tu propia hija —lanzó Anaís con una carcajada seca y cruel, antes de darse la media vuelta y entrar directamente a la habitación.
Lidia la observó alejarse con una mirada fría, manteniendo una expresión de total serenidad.
—Abuela... —murmuró Josefina, genuinamente preocupada por ella.
Lidia esbozó una suave y cálida sonrisa.
—No te preocupes por mí, mi niña. Estoy bien.
Simplemente habían pasado tantos años sin ver la cara de Anaís que, por un segundo, no pudo morderse la lengua.
Sin embargo, la preocupación no abandonaba a Josefina. ¿De verdad estaría bien?
Tal vez a su abuela ya no le importaba lo que pensara su difunto esposo, pero Jimena era su hija. La hija que tanto había amado, la que había deseado ver crecer sana y feliz.
Las palabras de Anaís eran como dagas directas al corazón.
Josefina tomó a su abuela del brazo con suavidad.
—Vámonos, abuela. Volvamos a casa.
—Vamos.
...
Mientras tanto, dentro de la habitación del hospital.
—Sra. Anaís.

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Comentarios
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