—Están abajo en el auto. Pueden venir conmigo a ver —dijo Josefina.
Andrés frunció el ceño y preguntó:
—¿Por qué no la trajeron arriba?
Diciendo esto, caminó apresuradamente hacia la salida.
—Andrés, espérame —Anaís también estaba ansiosa; hacía mucho que no veía a su nieta y la extrañaba con locura.
Andrés se devolvió, tomó a Anaís del brazo para apoyarla y siguieron caminando.
Josefina los vio alejarse, con una mirada gélida y distante.
—Jose.
La voz suave de Jimena resonó a sus espaldas.
—¿Magda... está bien?
Una clara burla asomó a los hermosos ojos de Josefina.
—¿Tanto te importa Magdalena?
Jimena desvió la mirada un segundo y murmuró:
—Le debemos mucho. Solo queremos intentar compensarla.
—Qué amor tan conmovedor —soltó Josefina con una risa sarcástica, antes de dar media vuelta y marcharse sin más.
—Jose...
Jimena la vio alejarse sintiendo un nudo de angustia en el pecho. Tenía el presentimiento de que, de sus dos hijas, se quedaría sin ninguna.
Pero Josefina la ignoró por completo y salió del hospital a paso rápido.
El auto estaba estacionado en la calle trasera del hospital. Era una zona solitaria, por lo que no llamarían la atención.
Al acercarse, Josefina vio a Anaís llorando a mares mientras sostenía la mano de Magdalena. El rostro de Andrés, por su parte, era un poema de ira y preocupación.
Benjamín estaba apoyado contra otro auto, con un cigarrillo entre los dedos. Observaba toda la escena con absoluta indiferencia.
Al ver aparecer a Josefina, la frialdad de su expresión se suavizó. Apagó el cigarrillo y caminó directamente hacia ella.
Notar su semblante tranquilo le indicó que no se había dejado afectar por Jimena, lo que lo tranquilizó.
—¡Josefina, eres una víbora! ¡¿Cómo te atreves a envenenar a mi nieta?!

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