Ahora que él había muerto, todo ese pasado se iba con él.
De pronto, Josefina no sabía si valía la pena seguir albergando ese odio.
De repente, una mano se agitó frente a su rostro, devolviéndola a la realidad. Al enfocar la vista, se encontró con Almudena, que la miraba con una amplia sonrisa.
—¿En qué piensas? Estás en las nubes.
Josefina bajó ligeramente la mirada; sus largas pestañas temblaron un poco mientras respondía: —En el pasado estuve a punto de morir muchas veces por su culpa... pero al principio, éramos muy buenos amigos.
Almudena parpadeó. —¿Acaso te entristece que se haya muerto?
—Solo me pregunto qué habrá hecho Ariadna para lograr que él le fuera tan leal —las manos de Josefina se cerraron en puños a sus costados.
Almudena le dio un par de palmadas amistosas en el hombro. —Sea lo que sea, el hecho es que él intentó destruirte una y otra vez. No tienes por qué derramar ni una lágrima; merecía morir y recibió su justo castigo. Desde el momento en que tomó la decisión de asesinarte, debiste tener muy claro que su amistad había terminado hace mucho tiempo.
La respiración de Josefina se entrecortó. Levantó la vista para mirarla y, tras un momento, asintió lentamente. —Sí, tienes toda la razón.
Almudena sonrió. —No dejes que unas emociones inútiles te consuman, eso solo nublará tu juicio y te volverá débil e indecisa. Lo que debes hacer ahora es bloquear tus sentimientos y volverte implacable; después de todo, tus verdaderos enemigos son los Fajardo.
—Almudena.
En ese momento, la voz de Benjamín interrumpió la conversación. Su tono denotaba cierta frialdad: —No le metas tonterías en la cabeza.
Pero Almudena no se acobardó. —¿Acaso me equivoco?
Benjamín se acercó y se interpuso protectoramente delante de Josefina, hablando con voz serena: —Tiene sentido que no se entristezca por alguien como Emiliano, pero no tiene por qué anular sus sentimientos; al final, ella sigue siendo una persona normal.
—Ja...
Almudena soltó una carcajada y lo miró con picardía. —Lo que pasa es que te aterra la idea de que, si ella se vuelve una mujer sin corazón, acabe importándole un rábano lo que te pase a ti, ¿verdad?
La mirada de Benjamín se volvió mucho más gélida.
—Vaya, parece que di en el clavo —se divirtió Almudena a más no poder—. Si ahora te entra el pánico, ¿por qué no lo pensaste mejor antes?
Los ojos de Benjamín se volvieron aún más gélidos y dijo con un tono sombrío: —¿Acaso ya no te interesa cobrar el resto de tu pago?

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