Silvia bajó la mirada, quejándose internamente por la situación mientras trataba de mantener la compostura y seguirle el juego en el exterior.
Entre los invitados, los padres de Silvia estaban al borde de las lágrimas, profundamente conmovidos. Para ellos, este yerno era simplemente un sueño hecho realidad.
¡Su hija tenía un gusto excelente! En su primer matrimonio había encontrado a un hombre que verdaderamente la adoraba.
Josefina se acercó y tomó asiento junto a Benjamín. Al observar la escena, sus pestañas temblaron levemente.
—¿Acaso Cristóbal siente algo por Silvia? —le preguntó en un susurro.
Lo miró fijamente, sabiendo que, como su mejor amigo, él debía estar enterado de algo.
Aunque ella misma había intentado calmar a Silvia en el vestidor, en el fondo, las dudas también la carcomían.
La actitud de Cristóbal, sus gestos, sus miradas... nada de eso parecía actuación. Se sentía demasiado real.
Benjamín le ofreció un vaso de jugo y, en lugar de responder, le preguntó:
—¿Tienes sed?
Josefina ignoró el vaso y lo presionó:
—¿Es verdad o no?
—Adivina.
—...
Josefina le dedicó una mirada fulminante. No estaba de humor para sus jueguitos.
Sin embargo, en su fuero interno, la confirmación ya estaba hecha. Su intuición no fallaba: Cristóbal estaba enamorado de Silvia.
Una sombra de preocupación cruzó por sus ojos.
Cristóbal estaba ayudando a Silvia, la estaba protegiendo de un gran peligro, y sus intenciones eran genuinas.
Pero en la vida, las cosas siempre encontraban la manera de salirse de control.
Si Federico nunca aparecía y finalmente olvidaba a Silvia, ¿qué pasaría en dos años? Cuando Silvia pusiera los papeles del divorcio sobre la mesa, ¿qué haría Cristóbal?
¿De verdad creía que dos años serían suficientes para que Silvia se enamorara de él y se olvidara del acuerdo?
Josefina observó cómo ambos llegaban al altar, bañados por la luz principal, convirtiéndose en el centro de atención de todos los presentes.
De repente, sintió que alguien le tomaba la mano. Al girarse, se encontró con la mirada profunda de Benjamín.
—Es un hombre valiente, ¿no crees? —le dijo en voz baja.

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