Josefina se puso de pie de un salto, con el rostro desencajado por la incredulidad.
—¿Cómo es posible que esté aquí...?
Benjamín también se levantó rápidamente y se interpuso frente a ella, escudándola. Sus ojos oscuros desprendían un frío glacial mientras observaban al intruso que acababa de reventar la boda.
Había gente gritando de terror. Algunos intentaron correr, pero el miedo al arma los dejó paralizados, sumiendo el salón en un silencio tenso y sepulcral.
El rostro de Cristóbal se endureció de inmediato. Sin pensarlo, se colocó frente a Silvia para protegerla. Su respiración se volvió pesada.
Habían pasado días buscándolo sin encontrar un solo rastro. Nunca, ni en sus peores pesadillas, imaginó que el bastardo elegiría justo este día para aparecer.
¿En qué momento había logrado rastrear a Silvia?
Silvia también reconoció a Federico. Sus ojos se abrieron de par en par y el ramo de novia se le resbaló de las manos, cayendo al suelo con un ruido sordo.
Los recuerdos de aquella noche seguían dolorosamente nítidos. Bajo la luz tenue de aquella habitación, ambos se habían visto los rostros a la perfección.
Ella había quedado atónita por la belleza irreal de sus facciones. Esos mismos ojos azules que la habían mirado con una intensidad enfermiza... aunque en la cama no había sido para nada amable.
Para ella, había sido solo un desliz. Un trágico error.
Jamás imaginó que volvería a cruzarse con él.
Ya había pasado casi un mes, ¡y él seguía buscándola!
Por un instante, Silvia no supo descifrar lo que sentía. Era una mezcla de terror y absoluta confusión.
Fue solo una aventura de una noche, ¿por qué demonios estaba tan obsesionado con encontrarla?
¡Incluso el día en que supuestamente se estaba casando, él había venido a arruinarlo!
—¿Quién se cree que es? ¿Cómo se atreve a interrumpir así? —estalló Don Ismael Bustos, el padre de Cristóbal, poniéndose de pie con expresión severa, clavando la mirada en Federico.
Doña Nadia, la madre del novio, se aferró aterrorizada al brazo de Almudena.
Almudena entrecerró los ojos.
—Es él... ¿Qué hace un tipo como él en este lugar?
Federico soltó una carcajada lúgubre. Sus intensos ojos azules no se apartaban de Silvia, que se escondía detrás de Cristóbal. Con paso amenazante, comenzó a avanzar por la pasarela hacia el altar.
—Mi dulce y pequeña fugitiva... vaya que me costó encontrarte.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
Alguna forma de leer gratis?????...