Sentado en su coche, Benjamín hizo una llamada.
—Ey, Benjamín, ¿qué pasa? —contestó Cristóbal. Se escuchaba mucho ruido de fondo.
—¿En dónde estás? —inquirió Benjamín con frialdad.
Cristóbal notó lo tenso que sonaba su amigo y le pasó su ubicación sin rodeos.
—Ven ahora mismo a mi casa —le ordenó Benjamín—, y tráete tu equipo de trabajo.
Al terminar de hablar, colgó sin más.
Cuando volteó a ver hacia la mansión, se encontró con Josefina saliendo. Tenía el rostro completamente pálido.
Caminaba muy despacio, tambaleándose un poco, como si la brisa más suave fuera a derribarla.
Benjamín apretó las manos contra el volante. Recordar todo lo que había sucedido esa noche lo impulsó a golpear el tablero de un puñetazo.
¡En verdad se había vuelto loca!
¡Mancharse de esa manera sin necesidad!
La siguió con una mirada ensombrecida y, luego de un rato, sacó su celular para realizar otra llamada.
—Manda un par de taxis para que circulen cerca de donde está.
Josefina se alejó del perímetro de la casa de los Gutiérrez y se paró en la acera a buscar transporte. En poco tiempo, un vehículo se detuvo frente a ella; subió y desapareció.
Benjamín observó toda la escena desde la distancia.
Cristóbal no tardó en llegar. Entró al auto de un tirón, jadeando.
—Benjamín, ¿qué onda? ¿Por qué la prisa?
El rostro perfecto de Benjamín era una capa de hielo y sus ojos no reflejaban más que un abismo oscuro.
—Hackea las cámaras de seguridad de la casa. Quiero ver todo lo que se grabó hoy.
—¿Qué? —Cristóbal se quedó atónito.
¿Hackear la red de su propia casa?
¿De qué se trataba ese teatro?
Benjamín le lanzó una mirada fulminante.
—¿Acaso hablo en otro idioma?
—No... nada más me agarraste en curva —reaccionó Cristóbal. Mientras encendía su laptop y tecleaba rápidamente, preguntó—: Oye, primero cuéntame el chisme, ¿qué pasó?
Se llevó los dedos a las sienes para masajearlas. De repente, agarró su celular e hizo otra llamada.
—Consígueme la lista completa de todos los niños que estuvieron jugando con Alberto el día de hoy.
Acabada la revisión, Cristóbal estaba más enredado que nunca.
—Benjamín, neta, ¿qué fregados pasó?
Benjamín le echó una mirada pesada.
—¿Tú creerías capaz a Josefina de lastimar a un niño?
—¡Nombre, ni de chiste! —Cristóbal negó con la cabeza sin pensarlo dos veces—. Tu esposa es bien relajada y de buen corazón. Le encantan los animalitos y los chamacos. ¿Cómo va a andar lastimando a un niño?
Sus ojos se abrieron como platos, atando cabos, y preguntó con cautela:
—No me digas que... ¿alguien lastimó a Alberto y andan diciendo que fue ella?
Benjamín cerró los párpados. Un nudo en la garganta le obligó a tragar saliva antes de contestar con voz ahogada:
—Ella misma lo admitió.
—¡A la madre!

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