Andrés giró la cabeza bruscamente hacia Benjamín.
—¡¿Te hiciste la vasectomía?!
Josefina soltó una carcajada cargada de sarcasmo.
—¿A poco no se habían enterado? Para criar al hijo de otro sin distracciones, el señor fue a operarse para no tener hijos propios. Me hizo una jugada así de sucia, ¡¿cómo no lo voy a odiar?!
Andrés señaló a Benjamín, con la mano temblándole del coraje.
—Tú... muchacho estúpido, ¿cómo pudiste cometer semejante estupidez? Si querías cuidar de Alberto, pues muy bien, pero ¡¿qué necesidad había de operarte?! ¡¿Acaso no querías formar tu propia familia y tener tus propios hijos?!
Helena también tenía el rostro desencajado de la impresión.
—Benjamín... ¿cómo pudiste hacer algo así?
El nivel del escándalo era tal que el resto de los empleados ni siquiera se atrevían a respirar fuerte.
De un momento a otro, la forma en que miraban a Josefina adquirió un tinte de compasión.
Benjamín mantenía sus oscuros ojos clavados en ella. El ambiente a su alrededor se volvía cada vez más tenso y asfixiante.
Josefina pasó la mirada por los presentes, se secó el rostro con la mano y sentenció:
—Si no me das el divorcio ahora, te advierto que después seré peor. Igual y cualquier día de estos me llevo a Alberto, o lo aviento por la ventana, o lo ahogo en el río...
—¡El divorcio! ¡Ese divorcio se hace porque se hace!
Helena habló con voz rotunda.
—Benjamín, si no firmas el divorcio con esta mujer ahora mismo, ¡olvídate de que eres mi nieto!
La conmoción inicial por la vasectomía quedó sepultada de inmediato bajo las macabras palabras de Josefina.
Se veía tan desquiciada en ese momento que en verdad parecía capaz de cumplir con sus amenazas.
Y Helena no iba a correr ningún riesgo.
Ignoraba por qué demonios Benjamín se había operado, pero Alberto era ahora mismo la única esperanza de la familia Gutiérrez. No podía permitir que la vida del niño terminara en manos de esa mujer despiadada.
Andrés los observaba con una mirada sumamente confusa, con el semblante todavía demacrado. Miró a Josefina, luego a Benjamín, y, tras deliberar internamente, murmuró con voz lúgubre:
—Pues que haya divorcio. Te entregué a mi hija sana y salva hace unos años, y mírala ahora, la orillaste a perder la cabeza de esta forma. Y encima resultas operado. ¿Cuántos años más pensabas arruinarle la vida a mi hija?
Ambas familias ya estaban de acuerdo.
Todos tenían los ojos fijos en Benjamín.
Él cerró las manos formando puños, y su atractivo rostro reflejaba pura consternación.


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