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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 58

Al día siguiente.

El cielo amaneció nublado y el viento soplaba sin piedad, sintiéndose como navajas contra la piel.

Josefina agarró sus documentos y llegó a la entrada del Registro Civil. Al levantar la vista, vio acercarse un Rolls-Royce Phantom negro que terminó estacionándose a un lado de la calle.

La puerta se abrió y bajó la figura alta y esbelta del hombre.

Traía el ceño fruncido y una actitud imponente. Sus ojos oscuros se clavaron en ella, ocultando emociones que no lograba descifrar.

Josefina apenas le sostuvo la mirada por un segundo antes de darse la vuelta y caminar hacia la entrada.

Benjamín la siguió con paso firme, clavando los ojos en su espalda. Caminaba muy derecha.

Sacaron su turno y se sentaron en la sala de espera.

Parecía que habían escogido un mal día, la fila de parejas divorciándose era larguísima.

Los dos guardaron silencio.

Josefina miraba al suelo con el corazón en un puño. No iba a poder estar tranquila hasta que todo hubiera terminado.

—¿De verdad quieres esto?

Preguntó de pronto el hombre a su lado, con su característica voz grave.

A Josefina le tembló levemente la voz. —No divorciarme sería mucho peor.

Benjamín volteó a verla. —Decidiste arrinconarme de esta forma, ¿acaso pensaste en cómo me sentía yo?

Josefina también lo volteó a ver. —Entonces te pregunto: cuando acompañabas a Magdalena a sus chequeos de embarazo en Estados Unidos, ¿pensaste en mis sentimientos? Cuando elegiste hacerte la vasectomía por el bien de Alberto, ¿acaso pensaste en mí?

—¡No lo hice por nadie más! —replicó Benjamín en un tono mucho más sombrío.

—¿Me vas a decir que lo hiciste por mí? —Josefina lo miró con ironía—. ¿Y entonces por qué no te operaste antes? ¿Por qué casualmente lo hiciste poco después de que naciera Alberto? Te la pasas pensando en él, en tu familia, ¿en qué momento he entrado yo en tus planes?

Dijo todo esto con una calma casi irreal. Creía que le dolería, pero después de procesarlo toda la noche, se dio cuenta de que ya estaba anestesiada.

Esto debió haber terminado hace mucho.

—¿Tampoco quieres la casa? —preguntó de pronto Benjamín.

—No —respondió ella secamente.

—A mí tampoco me sirve de nada, te la dejo —dijo él en un tono neutral—. Hay que modificar el convenio. Mañana regresamos.

—¡Benjamín!

Josefina apretó la pluma con fuerza y se le cristalizaron los ojos.

Al verla así, él se jaló el cuello de la camisa; sentía una opresión insoportable en el pecho.

Al final, agarró la pluma, resignado a firmar.

Pero justo en ese instante, el celular de Josefina empezó a sonar. Estaba a punto de colgar, pero al ver quién llamaba, lo dudó un segundo y contestó.

Casi al mismo tiempo, también sonó el celular de Benjamín.

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