Era su suegra, Teresa.
—Jose, ¿están en el Registro Civil? —El tono de Teresa delataba urgencia.
Josefina apretó la pluma. —Sí, suegra.
—No, no pueden divorciarse —Teresa sonó más estricta—. Aunque quieran separarse, no puede ser ahorita.
Josefina parpadeó y suspiró. —Suegra, ya no quiero seguir esperando.
—Pues yo no estoy de acuerdo. Vénganse a la casa ahorita mismo. ¿Cómo se les ocurre hacer algo tan importante como un divorcio sin avisarnos? ¿A poco creyeron que nunca íbamos a regresar a la familia Gutiérrez y que ya no nos importaba nada? —Teresa estaba fúrica y le colgó sin más.
Por su parte, Benjamín acababa de contestarle a su papá, Vicente.
—¡Regrésate a la casa en este instante o te olvidas de que soy tu padre!
Él fue aún más directo y le cortó la llamada.
Benjamín se levantó de la silla y caminó hacia la salida.
—¡No te vas hasta que firmes! —Josefina lo agarró del brazo.
Él volteó a verla con la mirada oscurecida. —Mis papás ya regresaron. Mi papá dijo que si no voy para allá, me rompe las piernas.
Le echó un ojo al celular de ella. —Fue mi mamá, ¿verdad? Siendo honestos, ella siempre te ha tratado bien. Mejor vamos a ver qué tienen que decirnos.
Josefina apretó los dientes, pero no encontró forma de negarse.
Su suegra de verdad siempre había sido linda con ella.
Ellos trabajaban en Médicos Sin Fronteras, así que no pasaban ni un mes al año en su casa. Además, esta vez se habían tardado muchísimo en volver.
Habían decidido regresar cuando Helena se enfermó de la nada.
Pero nadie se imaginaba que llegarían justo en este momento.
Benjamín no supo qué responder.
Resignado, dio media vuelta y caminó hacia el estudio.
Teresa se levantó y tomó a Josefina de la mano. Su tono ya no era el mismo de la llamada, ahora sonaba mucho más dulce: —Jose, mírate, estás en los huesos. Ven, vamos a mi cuarto y cuéntame con calma todo lo que pasó.
A Josefina se le cortó la respiración y sintió un nudo en la garganta.
Helena soltó un bufido y dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco. —¡Ella es la que está necia con el divorcio! ¡Y hasta se atrevió a lastimar a Alberto! Alberto es su nieto, ¿a poco no les duele lo que le hicieron?
—Yo no creo que Jose sea capaz de hacer algo así —respondió Teresa.
Helena la señaló con el dedo. —¡Si ella solita lo confesó!
Teresa la miró fijamente. —Suegra, ¿y por qué cree que lo confesó? ¿No quiere ver un poquito más allá de sus narices? ¿Necesita que le recuerde lo que ha estado haciendo su nieto consentido?

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