Teresa la vio salir huyendo, sin mostrar ninguna expresión en el rostro. Se dio la vuelta hacia el estudio, tocó la puerta dos veces y entró.
—Lo de anoche se tiene que investigar a fondo —dijo mirando a padre e hijo, con un tono frío—. No podemos andar acusando a lo menso.
—Mamá, ¿de qué platicaste con ella? —preguntó Benjamín.
A Teresa le brillaron un poco los ojos antes de contestar:
—Por el momento, aceptó no divorciarse.
Los ojos de Benjamín se iluminaron al instante.
—¿De verdad?
—Te dije que por el momento. Si más adelante te lo vuelve a pedir, ya dependerá de ti —aclaró Teresa.
Benjamín se acercó y le dio un abrazo a su madre.
—Mamá, eres la mejor.
Sin decir más, se fue directo a lo suyo. Ya tenía la lista de los invitados de la noche anterior, así que le tocaba ir a visitar a cada familia que tuviera niños de la misma edad que Alberto.
Teresa se sacudió la ropa de forma exagerada.
—Este escuincle, ya está grande y sigue sin tener tantita madurez.
Vicente la miró fijamente.
—¿Qué le dijiste exactamente a Jose?
Teresa cerró la puerta del estudio, caminó hasta una silla, se sentó y suspiró:
—Esos dos no son el uno para el otro. Si se van a separar, que se separen. Pero antes del divorcio, le vamos a buscar a Benjamín un buen partido. Por nada del mundo voy a permitir que se enrede con Magdalena.
Vicente frunció el ceño de inmediato.
—Si Benjamín se entera, jamás lo va a aceptar.
—Claro que lo hará —aseguró Teresa con muchísima confianza—. Si Jose le escoge a su futura esposa, ¿crees que van a durar mucho tiempo juntos?
Vicente se le quedó viendo con el ceño fruncido y tardó un buen rato en responder:
—Nunca debimos dejar que se casaran... Híjole.

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