Josefina apretó el celular con fuerza, esbozando una sonrisa cargada de ironía.
Esa era la muestra de "buena fe" de Teresa.
Al haber aceptado sus condiciones, mágicamente le devolvían la oportunidad de trabajo que le habían quitado.
Vaya que cumplía su palabra.
Tomó aire profundamente y respondió con una sonrisa:
—Claro, me parece perfecto mañana.
—Muy bien, aquí la espero —dijo el encargado antes de colgar.
Josefina se limpió las lágrimas de la cara. Ya que la oportunidad estaba de vuelta, iba a aprovecharla.
Era lo justo.
Ese papel de doblaje, para empezar, siempre había sido suyo.
Silvia, al ver que dejaba de llorar después de la llamada, le preguntó bastante confundida:
—Jose, ¿qué pasó?
Josefina curvó los labios y le explicó:
—Me acaban de regresar el trabajo que me habían robado.
—¡No manches! —exclamó Silvia, dándole un abrazo emocionado—. ¡Qué chingón! Esa vieja sinvergüenza que te quiso robar tu lugar seguro hizo el ridículo porque no sirve para nada y la terminaron corriendo. ¡Ja! Por más que el cabrón de su cuñado la defienda, no tiene talento y nomás se la pasa queriendo robarse lo ajeno. ¡Qué asco!
Aprovechó para echarle una buena mentada a Magdalena.
—Así se habla, échale más ganas si quieres.
Silvia se quedó sin palabras ante la respuesta tan directa.
***
Magdalena recibió una llamada donde le avisaban que no encajaba muy bien con el personaje, y como el contrato todavía no se había firmado, ahí quedaba el asunto.
No podía creer lo que estaba escuchando. Colgó e inmediatamente marcó otro número.
Era el jefe de la empresa de doblaje. Se fue directo al grano:
—¿No se comunicó con usted la gente de Benjamín? Yo iba a hacer ese doblaje, ¿por qué me quitaron el papel?
El jefe de la compañía de doblaje, Esteban, soltó una risita nerviosa y le contestó:
—Señora Magdalena, fíjese que fue una orden directa de la señora Gutiérrez. Yo solo soy dueño de una empresita, ¿cómo cree que me voy a poner al brinco con la esposa del presidente del Grupo Gutiérrez?
Al final, regresó a la casa de los Gutiérrez y caminó directo hacia la empleada que estaba haciendo el quehacer.
Esa era la misma mujer que había acusado a Josefina la noche anterior.
Al ver la cara de pocos amigos de Benjamín, retrocedió por instinto.
—S-señor Benjamín... ¿Se le ofrece algo?
—A ver, platícame, ¿con qué ojos viste a Josefina pateando a Alberto? —Benjamín le hizo una seña con la mano para que se acercara.
La empleada se puso todavía más pálida y no dejaba de retroceder.
—Yo... yo no estoy tan segura.
—Simón.
Uno de los guardaespaldas se acercó de inmediato, agarró a la mujer del cuello de la camisa y la arrastró hacia afuera.
La empleada soltó un grito de terror, pero rápidamente le taparon la boca.
En la parte de atrás de la casa de los Gutiérrez había un invernadero. Simón la metió ahí a rastras y sacó una navaja bien filosa.
—Si no dices la verdad, te van a cortar un dedo —advirtió Benjamín desde la entrada, recargado perezosamente contra el marco de la puerta, mientras jugaba con su encendedor.

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