Las manos grandes de Benjamín sujetaban su pie, dándole masajes suaves que aliviaban el cansancio con una intensidad muy notoria, a pesar de la delicadeza del tacto.
—No me parece.
Josefina se lo negó con total frialdad.
Benjamín frunció su ceño perfecto y clavó sus oscuros ojos en ella.
—¿Entonces qué propones?
Josefina desvió la mirada. Bajo aquella luz tenue, su perfil se veía mucho más suave y delicado, pero su actitud seguía siendo tajante.
—Ya ni lo menciones, estamos bien así, cada quien por su lado sin meterse en la vida del otro.
Aunque por el momento no se iban a divorciar, a ella le era imposible hacer como si nada hubiera pasado.
—¡Auch!
Un dolor agudo le atravesó el pie de pronto, obligándola a inhalar bruscamente mientras lo fulminaba con la mirada.
—¿Lo hiciste a propósito?
—Es porque andas tensa de salud —respondió Benjamín, impasible—, por eso te duele.
Josefina trató de liberarse de su agarre.
—Ya suéltame, deja que venga otro a hacerlo. No tienes idea de cómo dar un masaje.
Sus masajes la estaban matando de dolor.
—¡Jose, que te duela es normal!
Fue entonces cuando Silvia, en la cama de al lado, intervino con expresión de saber de lo que hablaba:
—Ese desgraciado servirá para nada más, pero al menos tiene buena mano; lo sientes cuando te toca. No como este que me tocó a mí, parece que nada más me está haciendo cosquillas. Ya me ando quedando dormida.
Cristóbal no supo qué responder ante semejante queja.
Abrió mucho los ojos y clavó los dedos con más intensidad.
—¿Conque nomás te estoy haciendo cosquillas? ¿A ver si así sí sientes algo?
Silvia suspiró.
—¿Acaso no has comido?
El rostro de Cristóbal enmudeció.
¡Esto era el colmo!
Apretó la mandíbula y se le quedó viendo al pie de la chica con una mirada asesina, casi queriendo agujerearlo.
—¿Qué tal esta fuerza, eh?
Silvia cerró los ojos relajada.
—Pasa la prueba apenas.
Cristóbal volvió a quedarse callado y molesto.
Echó un vistazo a su alrededor y, al ver uno de los aparatos para masajes, lo agarró de inmediato.
Silvia se acercó a su amiga cojeando.
—Quién diría que el infiel ese le sabe a lo de dar masajes. ¿No crees que seguro se ha puesto a hacerlo con la descarada de Magdalena?
Josefina la miró con cara de fastidio.
—De repente ya no quiero mis pies, los voy a cortar.
Silvia se tapó la boca enseguida.
—Era puro chisme mío, ¡no me hagas caso, por favor!
Ya vestidas con su propia ropa, abandonaron la cabina. No muy lejos, vieron a los hombres platicando; el gerente del spa sonreía como un lambiscón frente a ellos.
Al acercarse un poco, lograron escuchar la conversación.
Benjamín hablaba con total apatía:
—Anota sus nombres en su lista negra, no quiero que vuelvan a aceptar sus reservaciones.
—Desde luego, señor Gutiérrez —aceptó el gerente moviendo la cabeza servilmente.
El ceño de Josefina se hundió al escuchar aquello.
—¿A quiénes vas a poner en tu lista negra?
Él se giró a verla, ofreciéndole la mano de forma muy natural.
—Ya se nos hizo tarde. ¿Volvemos a casa?

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