Josefina esquivó su mano, sin apartarse de su pregunta:
—Te dije, ¿a quién vas a poner en esa lista?
Benjamín le clavó la vista y su ligera sonrisa desapareció.
—Te digo que ya se nos hizo noche.
Viendo que no iba a lograr que hablara, la mujer miró al gerente del lugar.
—¿Significa que ya no me tienen permitida la entrada?
El encargado ni siquiera pudo mantenerle la mirada. Su gesto nervioso y escurridizo lo decía todo.
—¡Já!
Josefina se cruzó de brazos, emitiendo una carcajada vacía.
—¿Acaso te crees que tu changarro es el único en toda Santa Aurelia donde dan masajes?
Se dio la vuelta dispuesta a marcharse.
Silvia, que se había quedado observando todo, peló los ojos de incredulidad.
—Eres bien manchado. O sea, ¿tú sí tienes permiso de coquetear y andarte metiendo con la viuda de tu hermano a la vista de todos, pero a la pobre de mi Jose no la dejas venir a tomarse un descanso?
La mirada de Benjamín se volvió gélida.
—¿Y por cuál lado nos viste a ella y a mí, según tú, coqueteando a la vista de todos?
Silvia se rió en su cara.
—¿Ah, tengo que verlo yo para que sea cierto? Todos los del círculo se la pasan echando ese chisme por donde quiera que pasen. Neta, ten tantita madre. Si tanto andas baboseando por esa mujer, pues vete con ella, ¿qué fregados andas estorbándole la vida a Jose?
Pero la respuesta de Benjamín cargaba una advertencia funesta.
—O sea que te inventas los chismes a pesar de no haberlo visto por ti misma. ¿La golpiza de hace rato no te enseñó a tener más cuidado con la lengua?
—¡Te pasas de cabrón!
La cara de Silvia palideció en cuestión de segundos.
Lo miró llena de furia y soltó con desprecio:
—Ay, qué hombrecito tan rudo saliste. Podrás creerte muy fregón en lo que haces, ¡pero mi amiga no te quiere para nada!
Tras decir aquello, dio media vuelta y salió corriendo de allí.
Cristóbal no aguantó las ganas de comentar:
—Esa chava de plano no tiene miedo, ni siquiera yo me atrevo a decirte todas esas verdades a la cara.
Benjamín volteó con él con la mirada vacía.
—¿Acaso tienes muchas ganas de hacerlo?
—¡No, para nada! —se apresuró a negar Cristóbal, moviendo ambas manos—. No te pongas en ese plan, Benjamín. Para nada lo decía por mí.

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