Él volvió a perder la cabeza, y Josefina de verdad temía que le hiciera algo así en el coche.
Reprimiendo sus emociones lo mejor que pudo, le advirtió:
—Benjamín, no hagas locuras, mañana tengo que ir a trabajar.
Pero Benjamín la ignoró y siguió besándola.
Su mano grande se deslizó bajo la ropa de ella, pegándose a sus curvas, tocándola y acariciándola con mucha familiaridad.
El cuerpo de Josefina no dejaba de temblar.
Se mordió el labio inferior para ahogar cualquier sonido.
De pronto, sintió un fuerte cólico en el vientre.
Una oleada de alivio la recorrió de inmediato y exclamó:
—¡Benjamín, me bajó la regla!
Los movimientos del hombre se detuvieron en seco.
Se apartó un poco, frunció el ceño tratando de hacer memoria y comprobó que, en efecto, le tocaba en esos días.
La miró con pesadez, notando claramente el alivio en sus ojos.
De repente, la tomó de la barbilla y la besó una vez más.
Solo la soltó cuando sus labios ya casi no tenían sensibilidad.
La puerta del coche por fin se abrió. Josefina dejó escapar un largo suspiro, pero antes de que pudiera bajarse, él la tomó en brazos.
Los nervios de Josefina se tensaron al máximo.
—¿Qué haces? —preguntó.
Benjamín caminó a grandes zancadas hacia la casa y respondió con frialdad:
—¿Me crees un animal?
Josefina estuvo a punto de contestar: «¿Acaso no lo eres?».
Pero al final se contuvo.
Últimamente el humor de ese hombre era demasiado impredecible; era mejor no provocarlo.
Al entrar a la sala, el entorno familiar se presentó ante sus ojos. La mirada de Josefina tembló levemente y sintió un nudo en la garganta.
Detuvo sus pasos, sintiendo de nuevo esa mezcla de amargura y dolor en el pecho.
Desde que estaban juntos, siempre que le bajaba la regla, se sentía morir por el dolor y la debilidad.
En una ocasión, él había investigado cómo preparar un té especial para los cólicos. A partir de entonces, cada mes en esos días difíciles, él se encargaba de preparárselo.
Quién sabe si era por efecto psicológico, pero después de tomarlo, la verdad es que los cólicos disminuían.
Josefina apretó la mano contra el barandal y caminó directo hacia la puerta principal.
¡Pero nunca se imaginó que la puerta estaría bajo llave!
—Sabía que intentarías huir. Si te sientes mal, ¿por qué no te estás quieta? ¿Qué tiene de malo quedarte aquí? Esta casa la escogiste tú misma —resonó a sus espaldas la voz inexpresiva del hombre.
La espalda de Josefina se tensó.
—A ti también te escogí, pero ahora ya no quiero a ninguno de los dos —le respondió.
Benjamín apretó con fuerza la cuchara que llevaba en la mano y su expresión se endureció aún más.
—Entonces deberías saber muy bien que si no quiero que te vayas, no te vas.
El rostro de Josefina palideció de coraje. Se giró para lanzarle una mirada gélida, aunque su gesto carecía de fuerza, pues la falta de color en sus mejillas la delataba.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
Alguna forma de leer gratis?????...