Me incorporo con suavidad de la cama y, rápidamente, me dirijo hacia el baño. Al mirarme en el espejo, lanzo un grito al ver mi cuerpo marcado por moretones y chupetones. Ahora comprendía mejor por qué Alexander se había encolerizado, pero, de alguna manera, no me sentía culpable, pues él me había traicionado primero con Arlette.
Al caminar hacia el baño, un dolor punzante recorre mi cuerpo, especialmente en el estómago, como si puñales me atravesaran. Es tan intenso que no puedo evitar caer al suelo de rodillas.
—Coc, coc, coc —tosía sin poder evitarlo. De repente, empiezo a sudar y a vomitar sangre. En ese instante, recuerdo las indicaciones del médico: debía descansar y cuidarme más de ahora en adelante. Me había aconsejado que ingresara al hospital en los próximos días debido a mi enfermedad, pero, por supuesto, no lo haría. Si iba a morir, preferiría no pasar mis últimos días en un hospital, como si fuera una condenada. Viviría al máximo, aprovecharía cada momento, como si fuera el último.
Con las piernas tambaleantes, llego hasta el cajón de mi mesita de noche, sintiendo cómo la sangre resbalaba por mis rodillas. Tomo el frasco de las pastillas que me había recetado el doctor y, a pesar de las náuseas, me obligo a tragarlas.
Me siento en el suelo, esperando que las pastillas hagan efecto. Siento como si me desvaneciera lentamente, como si mi vida se escapara de mis ojos. Unos 30 minutos después, el dolor comienza a amainar. Me levanto con cautela y voy hacia el baño, tomando algunos productos de limpieza. Regreso a la habitación y empiezo a limpiar cada rincón, sin dejar rastro de sangre. No quería que nadie se enterara de mi enfermedad. Había decidido que, cuando mi final estuviera cerca, me iría en silencio, sin que mis seres queridos sufrieran por mi partida. Pero rápidamente me detengo. ¿Seres queridos? Si no tenía a nadie, salvo a Vero, quien era como una hermana para mí.
Ese pensamiento me golpea, provocándome un dolor profundo en el corazón. Unos minutos después, dejo todo impecable, me dirijo al baño y me doy una ducha.
Después de pasar un buen rato bajo el agua, salgo y me encamino al armario, de donde saco una pijama de seda muy cómoda. Me dirijo a la cama y, en cuestión de segundos, caigo en un sueño profundo.
Despierto sobresaltada al escuchar mi celular sonar. Al mirarlo, veo que es Verónica y, de inmediato, respondo la llamada.
—¡Aslin, por el demonio! ¿Dónde has estado? ¡He estado tan preocupada! Anoche dijiste que ibas al baño y no volviste. ¿Dónde demonios estás? —grita, claramente alterada.
—Verónica, cálmate, estoy bien, lo lamento mucho. Surgió algo anoche y no pude regresar a la sala VIP —le respondo, sintiendo cómo mis mejillas se calientan al recordar aquella ardiente noche con un desconocido.
—Si no ibas a volver, me lo hubieras dicho. Te busqué por todo el encanto nocturno, ¡incluso entré a la sala contigua! Escuché fuertes gemidos y la cama retumbaba como un terremoto. Pensé que podrías ser tú, porque tu voz y la de la mujer que estaba ahí se parecían bastante —me dice, y mi rostro se enrojece completamente. Si Verónica me oyó, me imagino cómo me escucharon las demás personas que pasaban por allí.
—Bueno, Verónica, lo importante es que estoy bien. Yo te llamaré luego. Nos vemos —le digo, y corto la llamada rápidamente. Lanzando el celular sobre la cama, me dejo caer, sumida en mis pensamientos. ¿Quién era ese hombre con el que estuve? Tal vez un gigoló del encanto nocturno. No podía creer que mi primera vez la hubiera entregado a alguien así. Me paso la mano por la cara con frustración.
Me incorporo de la cama, enciendo las luces, me pongo unas sandalias y salgo rápidamente de la habitación. Bajo las escaleras, encaminándome hacia la cocina. No había comido nada, y tenía mucha hambre. El doctor me había indicado que debía alimentarme bien debido a mi enfermedad.
Al llegar a la cocina, Mary se sorprende al verme.
—Señora, ¿qué hace aquí? —me pregunta, sorprendida, ya que nunca bajaba a la cocina.
—Tengo un poco de hambre, Mary, por eso vine —le respondo, y ella sonríe cálidamente.


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