En un imponente y lujoso chalet en la cima de una montaña, un hombre se encontraba frente al espejo mientras unos diez sirvientes lo ayudaban a colocarse su traje de tres piezas.
—Señor Carttal, hemos encontrado a la dama misteriosa de aquella noche del Encanto Nocturno. Y debo decirle que es peor de lo que había imaginado —dijo su asistente. El hombre en el espejo frunció el ceño de inmediato.
—¿A qué te refieres con eso? —preguntó, deteniendo el movimiento de los sirvientes.
—Señor… esa señorita es la esposa del señor Alexander Líbano —respondió el asistente, mientras se colocaba los lentes temblorosamente.
—¿Qué dices? —preguntó Carttal, incrédulo—. ¿La esposa de nuestro nuevo socio?
—Así como lo escucha, señor. De hecho, he investigado más a fondo. Descubrí que desde pequeña fue entrenada para ser la joven señora de la familia Líbano. Pero, al parecer, ese matrimonio es solo un teatro, ya que la hermana menor de la señora Aslin es la verdadera pareja del señor Alexander —explicó el asistente con cuidado.
Carttal estalló en carcajadas.
—De verdad, no puedo creerlo… Y debo suponer que el señor Líbano desea mantener todo esto en secreto. A decir verdad, no pensé que Alexander, con lo pulcro y esa aura de grandeza que presume, fuera un total bastardo con su propia esposa. Pero es mucho mejor así… Así no le molestará en absoluto que la tome como mía —dijo mientras se ajustaba la corbata frente al espejo.
El asistente palideció al escucharlo.
—Señor… ¿a qué se refiere con eso? ¿Acaso planea usted…?
—Así como lo oyes —lo interrumpió Carttal con una sonrisa cínica—. Ahora la mujer de Alexander Líbano es mía. Yo la desvirgué y me pertenece. Ella intentó hacerme creer que no había sido su primera vez, pero lo noté de inmediato cuando tuvimos relaciones.
Yatrez, el asistente, ya sudaba del nerviosismo.
—Señor, si hace algo así… la sociedad con el grupo Líbano se verá afectada de inmediato —trató de hacerlo entrar en razón.
—Solo hablas tonterías, Yatrez. Sabes perfectamente que el grupo Líbano es quien saldrá beneficiado de este acuerdo. A nosotros no nos beneficia en lo absoluto. Si no fuera porque nuestras familias han sido aliadas desde hace años, ni siquiera los miraría. No son más que unas moscas molestas que no dudaría en aplastar con mi zapato —dijo Carttal con total desinterés.
—Ahora vamos. Pasaré primero por la empresa. Esta noche tenemos la cena en la residencia de Alexander… Hoy veré a mi palomita adorada —añadió, con una sonrisa malévola en los labios.
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Aslin
Al llegar a la mansión, subí rápidamente las escaleras y me encerré. Tenía miedo. Miedo a la amenaza de Alexander. Dijo que vendría esta noche y me haría pagar, y sabía exactamente cómo.
Cerré la puerta con seguro y me dirigí al baño. Me di una ducha rápida y fui directo al armario. Tomé una de mis pijamas de oso de peluche. Me sentía completamente agotada. La enfermedad comenzaba a pasarme factura. Poco a poco, sentía cómo me apagaba. Me acosté en la cama y caí en un sueño profundo.
Desperté sobresaltada al escuchar cómo rompían la puerta de mi habitación de una patada. En mi visión apareció el rostro furioso de Alexander. Se aproximó y de inmediato me llegó un hedor insoportable a alcohol.
—¿Creíste que encerrándote escaparías de mi ira? ¡Te haré pagar bien el haber asesinado a mi hijo y fingido esa enfermedad que no tienes! —gritó, con los ojos llenos de veneno. Se acercó a mí y me tomó con fuerza del cabello.
En cuestión de segundos me estrelló contra el suelo y comenzó a darme patadas en el estómago.


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