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La novia Rechazada romance Capítulo 30

No salí de mi habitación en todo el día. No quería encontrarme ni con Alexander ni con Arlette. Alrededor de las cinco de la tarde, Mary entró en mi habitación y me dijo que debía empezar a prepararme porque pronto llegarían los invitados. Sin tener opción, fui al armario a buscar qué ponerme. En realidad, no tenía demasiada ropa.

Un vestido rojo con tirantes llamó mi atención y decidí ponérmelo. Claro que usaría una chaqueta del mismo color para cubrir mis moretones. Dejé el vestido sobre la cama y me fui directo al baño. Me di una ducha rápida y salí enseguida.

Me puse el vestido y lo combiné con unos zapatos plateados de tacón alto. Tomé mi bolsa de maquillaje y cubrí mis moretones lo mejor que pude. Me aseguré de que en el espejo no se notara nada fuera de lugar, y al ver el resultado, me sentí satisfecha.

Miré la hora en mi teléfono y palidecí al ver que ya eran casi las ocho. “¿Tanto me tardé?”, pensé, alarmada. Sin perder más tiempo, tomé mi chaqueta y salí de la habitación.

Al bajar las escaleras, todas las miradas en la mesa se volvieron hacia mí.

—¿Al fin llegas, amor? —escuché la voz de Alexander. Su rostro mostraba dulzura, pero sus ojos escondían el veneno de siempre.

—Me he retrasado —respondí con un dejo de molestia que no me molesté en disimular. Caminé directamente hacia la mesa y me senté al lado de Alexander, aunque, sinceramente, deseaba estar lo más lejos posible de él. Deseaba no volver a verlo jamás.

En el comedor estaban mi padre, Sonia y Arlette, quien me miraba como si quisiera matarme. Pero mi mirada se desvió al hombre apuesto que estaba frente a mí. Era alto, musculoso, y de él emanaba un aura de poder. Lo que más me sorprendió fue reconocerlo: era el mismo hombre herido que estaba en el auto que casi me atropella. No podía creerlo.

Su mirada oscura me observaba con una mezcla de deseo, dulzura y nostalgia. Sus ojos se posaron en mi escote, haciéndome sonrojar. No sabía por qué, pero mi cuerpo reaccionó a su presencia de inmediato. Sentí cómo el calor me subía por el cuerpo solo por su mirada. ¿Por qué me pasaba esto? Bueno, con un hombre como él, cualquier mujer flaquearía.

—¿Señor Carttal, conoce usted a mi esposa de algún lado? —preguntó Alexander con tono estoico.

—No, para nada, Alexander. Solo que tu mujer es demasiado hermosa. Tienes mucha suerte de tenerla. Cualquier hombre se sentiría afortunado de poseer una joya así —respondió Carttal, sin dejar de mirarme.

Alexander tomó mi mano y la llevó a sus labios, dándome un cálido beso en la palma.

—Sin duda lo soy, Carttal. Soy muy afortunado de tener esta joya para mí, y no pienso perderla nunca —dijo Alexander, y yo solo pensaba en lo hipócrita que era. Sentir su contacto me daba asco, así que aparté mi mano bruscamente. Vi cómo fruncía el ceño de inmediato.

El señor Carttal soltó una carcajada.

—Alexander, parece que no están en buenos términos tú y tu esposa —dijo con tono lascivo.

—Solo cosas de pareja, Carttal. Es normal que haya discusiones y malentendidos —respondió Alexander, mientras Carttal asentía, burlón.

—Eh… Señor Carttal, ¿ya conocía a mi hija Arlette? —intervino Sonia, intentando robar protagonismo como siempre. Vi cómo Carttal le lanzó una mirada fría, desinteresada y cruel. El silencio que siguió hizo que Sonia y Arlette se sonrojaran, avergonzadas. No pude evitar sentir satisfacción. Siempre se creían el centro del universo. Arlette apretó los puños de la rabia, su mirada destilando veneno.

La cena transcurrió sin contratiempos durante los siguientes diez minutos. Alexander y Carttal comenzaron a hablar de negocios, mientras mi padre intentaba encajar en la conversación, pero era constantemente ignorado.

Aburrida, decidí ir al baño en la planta baja. Ya estaba cansada de las miradas asesinas de Arlette. Me levanté de la mesa sin decir nada y me dirigí al baño.

Pasé unos diez minutos allí, esperando que la cena terminara para poder encerrarme en mi habitación. Salí de mis pensamientos al escuchar cómo se abría la puerta y una sombra imponente se acercaba. Alcé la mirada, y el rostro apuesto de Carttal apareció ante mí.

—Ah… Señor Carttal, está usted aquí. Lo siento, enseguida salgo —dije con educación, intentando salir. Pero sentí cómo él tomaba suavemente mi brazo, como temiendo hacerme daño.

—Espera… No te vayas, palomita —susurró. Al escuchar ese apodo, mis pensamientos volaron de inmediato al hombre con el que había pasado la noche en el Encanto Nocturno. Mis piernas flaquearon.

—Eres tú… No puedo creer que seas tú —murmuré, retrocediendo un paso.

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