Abrí los ojos y noté que ya era de día. Me levanté y fui al baño, observando mi apariencia deteriorada. Tenía enormes ojeras debido al llanto y mi rostro estaba completamente pálido. Además, me percaté de que había perdido mucho peso; supongo que mi enfermedad poco a poco me estaba consumiendo.
Cepillé mis dientes rápidamente y me di una ducha. Me vestí, bajé las escaleras y, de inmediato, los recuerdos de la noche anterior invadieron mi mente. La enorme mancha de sangre en el suelo había desaparecido; las mucamas habían hecho un trabajo impecable al limpiar, pues no quedaba ni rastro de la tragedia ocurrida.
Me dirigí al comedor y noté que el desayuno estaba servido elegantemente. Me senté a comer sin mucho ánimo. Al terminar, intenté ponerme de pie, pero un alboroto proveniente del exterior captó mi atención.
—Señora, espere, no puede pasar así. El señor Líbano me ha ordenado que no deje entrar a nadie en su ausencia— escuché decir a los guardias.
—¡Quítate de mi camino, imbécil! ¿No sabes quién soy? ¡Cómo te atreves a negarme el paso, y más en un momento tan trágico como este, cuando estoy sufriendo tanto!— exclamó una mujer con furia. Reconocí de inmediato la voz de Sonia.
La puerta se abrió de par en par con un estruendoso golpe, y Sonia irrumpió en la mansión como una fiera desatada.
—Ahí estás, maldita zorra. ¡Qué le has hecho a mi pobre hija!— gritó, arrojando su bolso al suelo. Se aproximó a mí y me tomó del cabello con fuerza, hundiendo sus afiladas uñas en mi cuero cabelludo como si quisiera atravesar mi cráneo.
—¡Eres una maldita perra!— vociferó mientras me golpeaba el rostro repetidamente y me lanzaba al suelo con brutalidad. Quise defenderme, pero mi cuerpo estaba demasiado débil. No tenía fuerzas para devolverle un solo golpe.
—Me las vas a pagar. ¡Hiciste que mi hija perdiera a su bebé! Un niño inocente. La arrojaste por las escaleras sin compasión, como si fuera un perro y no tu propia hermana menor— me acusó, golpeándome con más ferocidad.
Reuniendo energías, sujeté sus manos y le espetué:
—¡Basta ya! Bien sabes que esto ha sido una artimaña tuya y de tu sucia hija.
Su rostro se desfiguró por la furia.
—¡Cómo te atreves a hablarme así, zorra! Yo soy como tu madre— me dijo, antes de abofetearme con violencia.
—No lo eres y nunca lo serás. Mi madre está muerta, y sé perfectamente que tú tuviste algo que ver en ello— le espupí con rabia.
Al escucharme, palideció y dio un paso atrás. Su expresión la delató: confirmaba mis peores sospechas. Ella había tenido algo que ver en la muerte de mi madre.
—Señora Sonia, ya basta. Deje en paz a mi señora, ella no tiene culpa de nada— intercedió Mary, sorprendiéndome. No esperaba que una mujer tan amable como ella tuviera un carácter tan firme.
Sonia, indignada, le propinó una bofetada a Mary, haciéndola caer al suelo.
—No te metas. Solo eres una gata. No permitiré que una simple sirvienta me diga lo que tengo que hacer— escupió con desprecio y alzó la mano para golpearla otra vez.
La furia me cegó. Me levanté del suelo y arremetí contra Sonia, sujetándola del cabello con fuerza.
—¡Cómo te atreves a golpearla! ¿No ves que es una mujer mayor? ¡No tienes principios!— le grité.
Pero ella me empujó al suelo nuevamente y levantó la mano para golpearme. No lo logró. Una mano fuerte y pálida la detuvo en el aire. Sonia se paralizó al ver el rostro iracundo de Alexander frente a ella.
—¡Cómo te atreves a agredir a mi esposa y a mi personal! ¿Con qué derecho lo haces?— rugió, apartándola con desdén, como si su simple contacto le provocara repugnancia.

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