POV Gianna.
Lo recordé con una claridad que me quemó por dentro, como si la rabia hubiese encontrado el camino perfecto para abrirse paso en mi pecho y apretar sin piedad.
Ese hombre, ese engreído, arrogante y maldito millonario, había decidido mi destino en cuestión de segundos, como si yo no fuera nada más que una pieza reemplazable, como si mi esfuerzo, mis sacrificios y mi propia dignidad no significaran absolutamente nada para él.
No le importó mi trabajo, no le importó quién era yo, ni mucho menos la situación en la que me encontraba; simplemente chasqueó los dedos, y todo lo que había construido se desmoronó frente a mí sin la más mínima consideración.
Era un desgraciado, un hombre frío y cruel que se creía dueño del mundo.
Mis pasos me llevaron hasta él antes de que pudiera detenerme, como si mi cuerpo se moviera impulsado por algo más fuerte que la razón, por una furia que me nublaba la vista y me hacía respirar con dificultad.
Lo vi ahí, tan tranquilo detrás de su escritorio, como si nada hubiese pasado, como si no acabara de arruinarme la vida.
Entonces, mis ojos se posaron en un vaso de agua que descansaba a un lado… y sin pensarlo, lo tomé, el agua salió disparada antes de que pudiera arrepentirme, estrellándose contra su rostro con una precisión que ni yo misma sabía que tenía.
Por un instante, el mundo pareció detenerse.
Kyllian Dixon se levantó de golpe, completamente sorprendido, con gotas resbalando por su piel y su camisa oscura pegándose a su cuerpo.
Su expresión era una mezcla entre incredulidad y rabia.
Me miró como si estuviera completamente loca.
Y tal vez lo estaba. Pero ya no había vuelta atrás.
Rodeé el escritorio con pasos firmes, aunque por dentro mi corazón latía con violencia, y lo señalé con el dedo, dejando que toda la frustración que había contenido explotara de una vez por todas.
—¡Tú, desgraciado! —escupí con una furia que me quemaba la garganta—. ¿Te crees que por ser rico puedes jugar con la vida de las personas como si fuéramos títeres? ¿Quién demonios te crees que eres? ¡No eres Dios, no eres el diablo! Eres… eres…
Las palabras se me atoraron en la lengua, como si mi mente se hubiera quedado en blanco de repente, incapaz de encontrar un insulto que estuviera a la altura de todo lo que sentía.
Pero entonces, algo dentro de mí se aferró a lo primero que encontró.
—¡Eres un gay de clóset! —solté sin pensar, con la voz temblándome entre rabia y nervios—. ¡Sí! Por eso un simple beso te puso así, como si te hubieran ofendido. ¡Yo no te besé! Tú me besaste… y claro, como eres más gay que una Drag Queen, decidiste despedirme para cubrir tu propio drama interno, ¡maldito resentido!
Sus ojos se abrieron un poco más, pero no dijo nada, ni una sola palabra, y ese silencio me desesperó aún más, porque lo sentí como una burla, como si mi enojo no fuera más que un espectáculo para él.
—Ah, claro —continué, sin poder detenerme, dejando que cada palabra saliera cargada de veneno—. Y como te crees tan perfecto, tan atractivo, tan intocable, seguro te dio asco que alguien como yo te besara… pero te diré algo, estoy completamente segura de que eres un impotente.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesión irresistible del CEO