Valentina lo reconoció de inmediato. Era el mismo broche de zafiro de la subasta, el que alguna vez le había pertenecido.
Tenerlo entre sus manos, como algo perdido que de repente vuelve a ti, la transportó en un segundo a aquella tarde gris: la sangre en el rostro de Sebastián, su cuerpo atrapado entre los fierros retorcidos del auto, completamente inconsciente.
En ese entonces, sintió que el mundo se le venía encima y que lo perdía para siempre.
La sangre se le heló en las venas. Cerró los ojos con fuerza, apretando el broche en su puño. A pesar de los años, el terror de ese día aún le provocaba taquicardia y un nudo en la garganta.
No necesitaba pensar mucho para saber quién había metido esa caja en su bolso.
Tal vez lo hizo mientras la poseía salvajemente en el auto, o tal vez entró a su habitación mientras ella dormía profundamente.
Las aristas de la flor de zafiro se le clavaron en la piel de la palma de la mano, y ese ligero dolor la devolvió a la realidad.
Valentina abrió los ojos y guardó la joya nuevamente en su elegante estuche.
La caja desprendía un sutil aroma a madera y bosque, el mismo perfume que impregnaba la piel de Sebastián.
Solo olerlo le provocaba punzadas de dolor en el pecho.
Tenía que ir a trabajar. Valentina dejó la caja de madera sobre la mesita de noche, se levantó, se duchó y se vistió mecánicamente.
Pero, ya fuera por esa absurda pesadilla o por la presencia del broche, tenía los nervios de punta.
Mientras se cepillaba los dientes tiró el vaso al suelo; al vestirse, la cremallera del suéter le pellizcó la piel cerca de la clavícula, haciéndola soltar una maldición entre dientes.
Después de un inicio de mañana caótico, agarró su bolso y bajó las escaleras.
Sobre la mesa del comedor, Flora la esperaba con un desayuno reconfortante, lleno de sus platillos favoritos.
Hacía semanas que no disfrutaba de la sazón de Flora, y como nunca fue de las que castigan su estómago por orgullo, se sentó a comer con tranquilidad, saboreando cada bocado.
—Flora, ¿por qué no renuncias a esta casa y te vienes a trabajar conmigo? Te juro que yo te cuido cuando seas mayor.
Flora le sonrió con dulzura, intentando apaciguar las aguas: —Ay, señora Valentina... ¿Para qué irme con usted o quedarme con el señor si al final son marido y mujer? Ustedes se quedan juntos y yo los cuido a los dos.


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