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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 122

En todos los años que llevaba trabajando en esa casa, Flora nunca había sido tratada con tanta frialdad.

Valentina era otro mundo. Con su carácter alegre, su bondad y sus ocurrencias, nunca actuaba con aires de superioridad. Incluso a veces bromeaba con ella y la trataba con el respeto de una figura materna.

Por su parte, aunque Sebastián era un hombre reservado y frío, siempre se dirigía a ella con respeto y jamás le daba órdenes de forma despectiva.

Pero bueno, a sus cincuenta años, Flora había visto de todo en la vida.

—El señor Correa está en su estudio. Cuando llegó, me dio instrucciones estrictas de que nadie lo molestara.

Isabela, por supuesto, captó la indirecta en las palabras de Flora. Soltó una risa suave.

—Usted es Flora, ¿verdad?

—Así es, señorita Campos.

—Entiendo que no me conozca, no pasa nada. Pero que esta sea la última vez que me detiene.

Isabela apartó la mirada, ignorando por completo el intento de Flora por frenarla, y le hizo una señal a su cuidadora.

—Subamos.

Al ver que la silla de ruedas se dirigía directamente hacia el ascensor, Flora se apresuró a dar un paso adelante para detenerlas, pero de inmediato el guardaespaldas de Isabela le cerró el paso.

—¿Qué está pasando aquí?

De pronto, una voz fría y distante resonó en el ambiente.

—¡Sebastián! —Isabela giró la cabeza y su rostro se iluminó al ver a Sebastián bajando las escaleras.

Maniobró la silla de ruedas hasta llegar al pie de la escalera.

Levantó la vista hacia el hombre que descendía apoyado en su bastón, luego miró de reojo a Flora y habló con voz dulce y preocupada:

—Quería subir a verte, pero Flora no me dejaba pasar. Estaba tan preocupada por ti que perdí los nervios y le pedí a mi guardia que la apartara. ¿Te molestamos con el ruido?

Flora se quedó maravillada por dentro. *¡Qué mujer tan astuta!* En un par de frases había volteado la situación, haciéndose pasar por una mujer cuyo único error fue preocuparse demasiado, mientras pintaba a Flora como una empleada entrometida y sin modales por frenar a las visitas de su jefe.

Alguien así era un peligro. ¿Cómo iba a competir contra ella una mujer tan transparente y directa como su señora Valentina?

Flora bajó la cabeza y permaneció en su lugar.

Como una de las mujeres más distinguidas de la alta sociedad, incluso estando en silla de ruedas, Isabela mantenía la postura de una dama de cuna impecable. Jamás perdería los estribos.

Acercó su silla de ruedas al sofá justo cuando Flora regresaba con dos tazas de té, colocando una frente a Isabela y otra frente a Sebastián.

—Flora —la llamó Isabela antes de que se retirara—. ¿Tienen un botiquín de primeros auxilios? Por favor, traiga alguna pomada para los golpes. El dorso de la mano de Sebastián está lastimado.

—Sí, enseguida.

Solo entonces Flora notó las heridas en la mano de su jefe y corrió a buscar la medicina.

Pero antes de que pudiera entregarle el ungüento a Sebastián, Isabela se lo quitó de las manos.

—Yo lo haré.

Isabela acercó aún más su silla de ruedas, hasta el punto en que sus rodillas casi rozaban las de Sebastián.

Extendió su mano con delicadeza.

—Sebastián, déjame curarte.

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