Apenas bajó del auto, Valentina entró corriendo a la casa. Al ver a Don Alberto, le preguntó con el corazón latiéndole a mil por hora:
—¿Cómo que la abuela se desmayó de repente?
Por la prisa y el pánico, no se fijó en el escalón frente a ella. Sebastián la tomó de la muñeca en un movimiento rápido, acercándola hacia su pecho para evitar que cayera.
Don Alberto, que ya había extendido la mano para ayudarla, se quedó con el gesto a medias.
Miró de reojo a Sebastián y le explicó a Valentina en voz baja:
—La abuela se enteró de que el señorito Sebastián había golpeado al joven de la familia Zamora. Ahí fue cuando descubrió que ustedes dos están en proceso de divorcio. Fue demasiado para ella y se desplomó...
Valentina se quedó helada.
Habían hecho hasta lo imposible para mantener en secreto el divorcio en la Hacienda Correa, todo para evitarle este disgusto a la abuela.
Y ahora, el secreto había salido a la luz.
El único joven de la familia Zamora era Daniel.
¿Sebastián había golpeado a Daniel?
Instintivamente, bajó la mirada hacia la mano que él tenía apoyada en su cintura. Con razón la tenía lastimada.
Valentina se soltó bruscamente del agarre de Sebastián y continuó subiendo las escaleras.
—¿Ya despertó? —preguntó mientras entraba a la habitación.
Sebastián, que la seguía de cerca, también entró. Alrededor de la cama estaban otros miembros de la familia. Alguien alimentaba a la Matriarca Correa con pequeños sorbos de agua. Al escuchar los pasos, levantaron la vista.
—Abuela, Sebastián y Valentina ya están aquí.
La anciana, postrada en la cama, movió débilmente la mano.
—Solo quiero ver a Valentina. Que todos los demás salgan de mi habitación.
Sebastián detuvo sus pasos. Sus ojos se volvieron tan oscuros como un pozo sin fondo.
Uno a uno, los presentes abandonaron la habitación, dejando solo a Valentina y a la Matriarca. Afuera, la lluvia seguía golpeando contra los cristales.
—Abuela, por favor, no te enojes —suplicó Valentina, tomando la mano de la anciana. Sus ojos reflejaban un profundo dolor—. No te había dicho nada sobre el divorcio porque aún no sabía cómo darte la noticia...
La Matriarca apretó suavemente su mano y habló con la voz ahogada:
...
Valentina cerró la puerta con cuidado. Al darse la vuelta, vio a Sebastián parado al fondo del pasillo, junto a la ventana, fumando un cigarrillo.
Había venido con tanta prisa que ni siquiera llevaba abrigo. Su suéter de cachemira gris oscuro y sus pantalones de traje negros le daban una apariencia sofisticada y elitista, pero mientras estaba allí, exhalando humo hacia la tormenta que azotaba el jardín, parecía fundirse con la melancolía de la noche lluviosa.
Tan indescifrable y frío como la noche misma.
Para bajar, tenía que pasar forzosamente a su lado.
Valentina caminó hacia él. Su mirada se desvió sin querer hacia la mano que sostenía el cigarrillo. Los raspones y moretones, marcas de los golpes que le había dado a Daniel, se clavaron como espinas en su corazón.
—¿Por qué golpeaste a Daniel?
El humo se disipó frente a los ojos de Sebastián, dándoles una apariencia aún más sombría y nebulosa.
—¿Tú qué crees? —respondió él.
—Si lo golpeaste solo porque es cercano a mí, entonces tu adorada Isabela debería estar tres metros bajo tierra por la cantidad de veces que te ha estado rondando, ¿no crees?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....