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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 133

La rabia invadió el cuerpo de Valentina y la mano con la que sostenía el teléfono comenzó a temblar sin control. Estaba a punto de dejar caer el aparato cuando una mano grande y cálida sostuvo la suya.

—¿Valentina?

Ella lo miró; Daniel tenía el ceño fruncido y una expresión de alarma. En la mente de Valentina ya no quedaba espacio para pensar, todo se había nublado por una asfixiante sensación de humillación.

Tragó saliva con fuerza, intentando reprimir el nudo de amargura que le rasgaba la garganta.

—Daniel, tengo algo urgente que atender. Me tengo que ir.

¡No podía demolerla!

¡Esa casa del árbol no se tocaba!

Si el viento o las tormentas eléctricas de los últimos años la hubieran derribado de forma natural, lo habría aceptado. Pero que la destruyeran de esa manera... ¡nunca!

No podía quedarse de brazos cruzados mientras Isabela daba la orden de reducirla a escombros.

La noche anterior, cuando la abuela le preguntó qué quería en el acuerdo de divorcio, ella no había dudado: lo único que pidió fue recuperar la Villa de los Recuerdos. Y la abuela le había encargado a Don Alberto que redactara de inmediato los papeles para que Sebastián los firmara.

Sin embargo, en todo el día la abuela no había vuelto a mencionar el tema, lo que significaba que ni siquiera ella había logrado doblegar a Sebastián.

Valentina aceleró por las calles, dirigiéndose a toda velocidad hacia la Villa de los Recuerdos.

Las lágrimas se agolparon en sus ojos enrojecidos y una sensación de desamparo y soledad que jamás había experimentado cayó sobre ella como una losa. Intentó aferrarse con fuerza al volante, pero sentía que las fuerzas la abandonaban. Le castañeteaban los dientes.

De pronto, un pequeño gato blanco salió de entre los arbustos. Ignorando el peligro del coche que se aproximaba, corrió torpemente hacia el asfalto.

La sangre se le heló a Valentina. Su corazón dio un vuelco. Giró bruscamente el volante y pisó el freno con todas sus fuerzas.

El chirrido ensordecedor de los neumáticos quemando el asfalto resonó en la calle.

Valentina se golpeó fuertemente la cabeza contra el marco de la ventanilla.

El pequeño felino, asustado por el ruido ensordecedor, soltó un maullido agudo y corrió de regreso a los matorrales.

Con el corazón en un puño, Daniel le abrió los párpados con cuidado. Con la otra mano, encendió la pequeña linterna que siempre llevaba en su auto para emergencias médicas.

Apuntó la luz directamente a sus pupilas. Al ver que estas reaccionaban con normalidad a la luz, el peso que le aplastaba el pecho comenzó a aligerarse.

Luego revisó las extremidades de Valentina. Por fortuna, más allá de una pequeña contusión violácea en la sien que estaba cubierta por su cabello, no había sufrido heridas graves.

La conciencia de Valentina fue regresando poco a poco. Abrió los ojos y lo miró con la vista desenfocada.

El rostro aterrado de Daniel finalmente dio paso a una sonrisa de puro alivio. Sin embargo, el pánico residual lo mantenía tenso, y sus manos no soltaron el rostro de ella mientras la miraba a los ojos.

La sacó del coche en brazos y caminó con zancadas largas hacia el Maybach.

De repente, sintió cómo las manos de ella se aferraban a su cuello con fuerza.

Daniel se detuvo. Bajó la mirada hacia su rostro, que apenas empezaba a recuperar algo de color, y le dijo en un tono suave y reconfortante:

—Tranquila. Es probable que solo sea una conmoción cerebral leve. Todo estará bien cuando descanses un poco. Te llevaré a casa primero.

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