Desde que Sebastián había dicho aquellas palabras el domingo por la noche, Isabela llevaba tres días sin verlo.
Había intentado invitarlo a cenar, pero él le respondió que estaba ocupado.
Se había quedado esperando en el comedor con la mirada perdida, sin probar bocado.
Ya tarde, cuando la enfermera la llevaba en silla de ruedas hacia su habitación, perdió el conocimiento frente al ascensor y se desplomó.
Al llegar al hospital ya había despertado, aunque seguía aturdida. El fuerte olor a desinfectante y el pinchazo de una aguja en su brazo la hicieron reaccionar.
Frunció el ceño al ver la sangre fluyendo hacia los tubos. —¿Por qué me sacan sangre?—, preguntó con voz débil.
—Son órdenes del señor Correa. Quiere revisar si su anemia ha mejorado—, respondió la enfermera amablemente.
*Era idea de Sebastián.*
Una leve sonrisa se dibujó en los pálidos labios de Isabela. Él aún se preocupaba por ella.
Aquella noche ella solo había usado un pequeño truco para enviarle un mensaje a Valentina. Como hombre orgulloso que era, verse cuestionado por Valentina lo había molestado, era lógico.
Pero ya habían pasado tres días; su enojo había pasado. Mientras ella lo necesitara, él seguiría cuidándola.
—¿Y él dónde está?—, preguntó buscando por la habitación.
La enfermera le puso un algodón en el brazo. —El señor Correa está afuera.
Cuando la enfermera salió, la puerta se abrió. Isabela vio una silueta alta entrar y, conteniendo su alegría, murmuró: —¿Por qué viniste tan tarde?
Pero cuando su visión se aclaró, descubrió que era Lucas Ortiz.
La complexión de Lucas y Sebastián era similar, y en su aturdimiento los había confundido. Aunque Lucas, por su pasado militar, era un poco más corpulento.
Lucas se detuvo junto a la cama con expresión estoica. —El señor Correa está hablando con el médico. ¿Se siente mal, señorita Campos?
Isabela giró el rostro con desdén. Claramente no tenía intenciones de hablar con un simple asistente.
Al ver que Sebastián no entraba, le exigió a su empleada: —Ya me siento mejor, ayúdame a sentarme.
Luego miró a Lucas. —Tráeme la silla de ruedas.
La mirada de Lucas se volvió más fría. —El señor Correa pidió que descansara.
—¡Dije que me siento bien! No necesito estar acostada, ¿no entiendes el español?—, reclamó Isabela con rabia.
Lucas no movió un músculo. —Es por su propio bien.
Al sentarse, Isabela sintió un fuerte mareo. La empleada corrió a sostenerla. —Señorita, el asistente Ortiz tiene razón, recuéstese, el señor Correa no tarda en venir.
—Pero no te esfuerces, ven, siéntate—, le ofreció ella, señalando el borde de la cama.
Desde que él cruzó la puerta, no le había quitado los ojos de encima. Tres días sin verlo se le habían hecho una eternidad. Deseaba poder mudarse a la villa con él, pero Sebastián jamás se lo había propuesto.
Sebastián no se sentó. En su lugar, le entregó una bolsa con dos cajas.
Isabela la tomó confundida. Eran cajas de suplementos de hierro.
La voz fría del hombre resonó desde arriba: —Cuando vuelvas a casa, asegúrate de tomarlas a la hora. Tienes estas dos y las dos que dejaste sin tocar. Cuando las termines todas, volveremos a hacer exámenes. Para entonces, tu anemia debería haber desaparecido.
El rostro de Isabela perdió el poco color que tenía. Apretó la caja con fuerza. —Sebastián, te lo juro, solo se me olvidaba tomarlas...
—Si lo olvidaste o no las tomaste a propósito, tú lo sabes mejor que nadie—, dijo él, impasible.
El corazón de Isabela dio un vuelco. Era verdad, no las tomaba a propósito. Quería su atención constante. Con solo decir que no tenía apetito, sabía que él la acompañaría.
Sebastián miró a la empleada. —A partir de hoy, asegúrate de dárselas en cada comida. Si en un mes los resultados son los mismos, recoge tus cosas y lárgate.
La empleada tembló de miedo. —¡Sí, señor Correa!
Aunque Sebastián siempre era distante, rara vez le alzaba la voz a los empleados. Estaba realmente furioso.
Isabela se mordió el labio inferior, observando las largas manos de Sebastián. Parecía que lo decía por su salud, pero por alguna razón, se sentía terriblemente vacía.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....