Fausto extendió una mano con una sonrisa cortés. —Ya que nos hemos cruzado, señor Correa, ¿me concedería el honor de tomar una copa juntos?
Sebastián sintió cómo el cuerpo de la mujer detrás de él se tensaba. Una sutil sonrisa asomó a sus labios.
—Después de usted, Don Fausto.
La absoluta calma y control de Sebastián encendieron una chispa de furia en los ojos de Fausto.
¿Quién iba a imaginar que el soplón infiltrado que hace diez años había destruido a sus mejores hombres y cargamentos en la frontera era, nada más y nada menos, que el mismísimo líder de la familia Correa?
Fausto miró de reojo a la mujer que el asistente Lucas se estaba llevando hacia el ascensor. No logró verle ni el color de los ojos antes de que las puertas se cerraran.
Dentro de la sala privada, la mesa había sido limpiada. Todo rastro de las drogas había desaparecido como por arte de magia.
Parecía una inofensiva fiesta entre amigos.
Fausto le ofreció a Sebastián el asiento principal. —Por favor.
En el ascensor, Lucas le lanzó una mirada gélida a Arturo Ramos, quien estaba de pie junto a Valentina.
—Señorita Vargas, ¿se encuentra bien?
Menos mal que Lucas y Valentina tenían un acuerdo secreto: cada vez que ella iba de encubierto, él la vigilaba de lejos para intervenir si era necesario. De no haberse topado con Sebastián, los matones de Fausto la habrían despedazado.
Valentina negó con la cabeza, aún en shock.
Lucas se paró con postura recta y militar.
—Cualquiera que se cruce en el camino de Fausto termina muerto o con su familia destruida. Pase lo que pase en el futuro, señora, jamás vuelva a acercarse a esa gente.
Hoy se salvaron solo porque la presencia de Sebastián obligó a Fausto a retroceder.
El ascensor no bajó al primer piso, sino a la zona de vestidores de los empleados.
Al salir, Lucas le cerró el paso a Arturo. —Aquí termina tu trabajo.
—¿Cómo que termina? Mi trabajo es proteger a la señorita Vargas—, reclamó Arturo, intentando esquivarlo.
Lucas le clavó una mirada glacial. —Espérala en el auto.
—Alguien en la familia Correa es aliado de Fausto. Deberías investigar a tu propia gente.
Si lograba extirpar a los traidores del Grupo Correa, sentiría que por fin había pagado su deuda de gratitud por haber sido criada por esa familia.
Más allá de eso, no tenía nada más que hablar con Sebastián.
De hecho, prefería no verlo nunca más.
Soltó su cabello y, aprovechando la oscuridad, intentó esquivarlo para llegar a la perilla de la puerta.
De pronto, una mano se apoyó pesadamente contra la madera.
La mano descendió lentamente. Al instante en que esos dedos fríos rozaron el dorso de su mano, Valentina retrocedió como si le hubieran dado una descarga eléctrica. Él había agarrado la perilla.
Su voz fría y familiar resonó junto a su oído: —¿Nunca sospechaste de mí?
Valentina apretó los puños y respondió con dureza: —Que haya sido ciega de amor contigo no significa que no tenga criterio propio.
Ella sabía perfectamente cuáles eran los límites éticos de Sebastián. Jamás habría dudado de él en ese aspecto.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....