Al escuchar sus pasos, el hombre frente a la ventana se giró lentamente. Bajo la visera de la gorra, solo se asomaban unos ojos profundos y oscuros.
Saludó a Valentina con un leve movimiento de cabeza.
Ella salió de su trance, se acercó y le preguntó tratando de sonar casual: —Con la calefacción tan alta, ¿no te mueres de calor con esa gorra y los guantes puestos?—
Después de unas cuantas sesiones, Valentina se había dado cuenta de que, aunque Aein era callado y distante, en el fondo no era mala persona, por lo que ya se atrevía a hablarle con más confianza.
Aein miró sus guantes negros, sacó el celular y escribió rápidamente: No me afecta.
Incluso con tres simples palabras tecleadas en una pantalla, el tipo lograba transmitir un aura congelante.
Valentina sonrió nerviosamente. —Bueno, está bien.
Dejó su botella de agua y empezó a hacer sus ejercicios de calentamiento.
Aein se cruzó de brazos y la observó en silencio mientras ella daba brincos y estiramientos por todo el salón.
Pero la cabeza de Valentina iba a mil por hora, intentando recordar por qué esa espalda le había resultado tan familiar.
Mientras giraba las muñecas, lo miró de reojo, analizando su postura.
—Ya estoy lista, empecemos.
Valentina chocó sus puños, dio un par de saltos para ganar impulso y se lanzó contra él.
Ella aprendía rápido. Ya había memorizado varias técnicas, y aunque aún le faltaba fuerza física, sus movimientos habían dejado de verse torpes.
Sin embargo, ante los ojos expertos de Aein, seguía siendo un juego de niños. Él esquivaba cada uno de sus ataques con una facilidad insultante.
Valentina lanzó un gancho al vacío y perdió el equilibrio.
Cuando estaba a punto de besar el suelo, Aein estiró el brazo para sostenerla.
En un acto de puros reflejos, Valentina se agarró de la muñeca de él y escuchó cómo la respiración del hombre se cortaba bruscamente.
Mirando fijamente los ojos oscuros ocultos bajo la gorra, Valentina soltó el nombre de golpe:
—¿Lucas?


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