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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 162

Ayer, el caos en la sala de urgencias había sido tal que Valentina olvidó su gafete de prensa en la habitación de sus compañeros; lo necesitaba sí o sí porque tenía una entrevista el lunes por la mañana.

Después de aparcar el coche en el estacionamiento del hospital, se dirigió a la habitación donde estaban ayer.

Pero al llegar, el cuarto estaba completamente vacío.

Iba a llamarles por teléfono cuando notó que, hacía media hora, le habían enviado un mensaje de WhatsApp: [Olvidamos decirte, nos trasladaron a las habitaciones VIP.]

Tres minutos más tarde, Valentina llamó a la puerta y la empujó. Era una suite con dos habitaciones conectadas, y las puertas de ambas estaban abiertas de par en par.

Uno a la izquierda y otro a la derecha; cada uno de sus compañeros ocupaba una habitación.

Aunque ambos tenían lesiones en las manos, no era nada que les impidiera comer por sí mismos. Sin embargo, las enfermeras, siguiendo instrucciones de brindar una atención exquisita, insistían en darles la comida en la boca.

¡Eran un par de hombres hechos y derechos! Morían de la vergüenza. Cuando intentaban rechazar los cuidados, vieron entrar a Valentina y gritaron al unísono: —¡Valentina, sálvanos!

Valentina, llevando el desayuno que había comprado, se detuvo en medio de las dos habitaciones. —Ellos pueden comer solos, no los malcríen hasta dejarlos inútiles.

—Fue una orden directa del asistente Ortiz —le respondió una de las enfermeras, la más parlanchina—. Dijo que debíamos cuidarlos a la perfección.

¿Lucas Ortiz?

Valentina se quitó la bufanda, la dobló sobre su brazo y dijo: —Ya han hecho un excelente trabajo, vayan a atender a otros pacientes. Yo hablaré con él más tarde.

Esa forma de hablar dejaba claro que conocía bastante bien a Lucas.

De inmediato, las dos jóvenes enfermeras se acercaron a Valentina, con los ojos brillando de emoción: —¿Conoces al asistente Ortiz? ¿Tienes su número? Se lo hemos pedido varias veces y nunca nos lo da. Es tan guapo y tan frío... dicen que ni siquiera obedece las órdenes de la señorita Campos.

En efecto.

Lucas Ortiz podía considerarse como el estándar del hombre distante y glacial.

Tenía la misma actitud que su jefe hacia las personas de afuera.

Si los ponías a los dos juntos, podían congelar de muerte a cualquiera a su alrededor.

A Valentina no le sorprendía en absoluto que ignorara las órdenes de Isabela Campos.

Las chicas se miraron la una a la otra. Incapaces de soportar la imponente presencia de Lucas, confesaron la verdad.

Lucas miró de reojo a Sebastián, cuya expresión permanecía impasible, y les dijo a las enfermeras: —Bien. Vuelvan a sus labores.

Ambas se quedaron atónitas. ¿Desde cuándo el asistente Ortiz era tan comprensivo?

—Esperen.

Una voz grave, magnética y gélida las detuvo en seco.

Las dos enfermeras se tensaron de pies a cabeza, sin atreverse a mirar hacia la fuente de aquella voz.

Sebastián ordenó con un tono profundo: —Entren. Y no salgan hasta que esa reportera se haya ido.

Dentro de la suite, tras la salida de las enfermeras, los dos compañeros de Valentina se relajaron visiblemente.

Pero para su sorpresa, la puerta volvió a abrirse y las enfermeras entraron de nuevo. Al principio temieron que volvieran a intentar darles de comer en la boca, pero las vieron ocupadas revisando una cosa por allá y anotando datos en las planillas al pie de sus camas.

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