Sebastián bajó la mirada, observando cómo el rubor febril desaparecía lentamente de su rostro, dejándola pálida. Sus largas pestañas temblaban, delatando una innegable terquedad.
—Qué independiente eres —dijo él, con un tono neutro que rozaba el sarcasmo.
Las pestañas de Valentina se agitaron.
*«Puedo tomarme la medicina sola»*.
*«Qué independiente eres»*.
¿Qué significaba eso? ¿La estaba tratando como a una niña chiquita haciendo un berrinche?
El teléfono seguía sonando, pero Sebastián no hizo ademán de contestar. En su lugar, acercó las tres pastillas a los labios de Valentina.
—Si eres tan capaz, tómatelas. Quiero verlo.
Con la cabeza aún dándole vueltas por la gripe, las palabras indiferentes de Sebastián fueron como una chispa en un barril de pólvora. Valentina sintió que iba a explotar de rabia.
Levantó una mano temblorosa para tomar las pastillas, murmurando sin fuerza: —Lo digo porque me daría mucha pena interrumpir tu importante llam...
Antes de que pudiera terminar la frase, la mano de Sebastián presionó su nuca y, con un movimiento rápido, le metió las pastillas en la boca, callándola de golpe.
El sabor amargo comenzó a disolverse en su lengua, obligándola a fruncir el ceño. Estaba segura de que él lo había hecho a propósito.
Mientras tanto, en la planta baja, el teléfono de Lucas sonó.
Miró la pantalla con expresión impasible y contestó.
Del otro lado de la línea, la voz de Isabela intentaba ocultar su ansiedad: —¿Dónde está Sebastián?
Lucas miró a través del enorme ventanal hacia el jardín cubierto de nieve. —Señorita Campos, al señor Correa no le gusta que lo vigilen. Le sugiero que retire a las personas que mandó a seguirlo, porque si me encargo yo, no garantizo que regresen enteros.
—Solo... solo quería saber qué hace durante el día —dijo Isabela con voz llorosa—. ¿Acaso Valentina está en Villa Esmeralda?
—La señora es la dueña de Villa Esmeralda. Que esté en su propia casa es lo más normal del mundo, ¿no le parece?

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