En el instante en que fue derribada, Valentina creyó que quien había llegado para rescatarla era Aein.
No entendía por qué, pero en el fondo de su subconsciente confiaba en que Aein siempre aparecería para protegerla. Tal como lo había hecho la última vez; a pesar de estar furioso con ella, irrumpió en el último segundo para ponerse frente a ella cuando su vida corría peligro.
¡Jamás imaginó que se trataría de Daniel Zamora!
Daniel la envolvió con fuerza entre sus brazos. En cuanto logró ponerse de pie, recogió el tubo de metal que había caído al suelo. Mientras los matones se abalanzaban sobre ellos, él asestó un golpe fulminante con el arma improvisada, enviando a uno al suelo con una patada.
Sin embargo, los matones eran numerosos y no tenían intención de dejar prisioneros.
Daniel no era un experto en artes marciales. Aunque se mantenía en buena forma física por ir al gimnasio regularmente, era incapaz de enfrentarse a sicarios profesionales.
Incluso cuando los subordinados de Arturo se unieron a la pelea, apenas lograron equilibrar la balanza. Las cosas seguían viéndose muy oscuras.
De repente, apareció un hombre vestido completamente de negro, usando una gorra oscura, un cubrebocas y guantes tácticos elásticos. Se inclinó y agarró uno de los tubos que había caído al suelo.
Con un giro fluido desde su cadera, el hombre lanzó el tubo hacia los lados, derribando en un instante a dos sujetos que se acercaban.
Tomando ambos extremos de los tubos que otros dos atacantes intentaron clavarle, los atrajo con una fuerza brutal y estrelló sus cabezas una contra la otra. Ambos soltaron un quejido agónico y cayeron, sin fuerzas para volver a levantarse.
Valentina observó atónita aquella silueta alta e imponente.
Los ojos de Arturo se iluminaron con entusiasmo: —¡J!
Valentina no podía creer que Aein hubiera aparecido. No se había ido a cumplir una misión después de todo, pero entonces, ¿por qué no había contestado a ninguno de sus mensajes o llamadas?
¡La intervención de Aein le dio un vuelco drástico a la situación!
Valentina apartó la mirada de él. Daniel aún la sostenía fuertemente entre sus brazos.
—Daniel, ya pasó todo. Aein está aquí, no nos pasará nada —le aseguró con convicción.
Daniel miró al hombre de la gorra oscura, notando que tenía habilidades de combate extraordinarias.
Sabía que desde que era un niño, el sueño de Daniel había sido curar y salvar vidas.
Entendía perfectamente lo importante que eran esos ideales que uno persigue desde la infancia.
Era la misma pasión con la que ella soñaba en convertirse en una periodista de verdad, dedicada a desenterrar la verdad y dejar constancia del bien y el mal.
Daniel sonrió levemente. —Aún no había tenido la oportunidad de contarte que... he decidido no seguir siendo médico. Así que, aunque esta mano ya no sirva para operar, no pasa nada.
Con la yema del pulgar limpió con suavidad la lágrima que amenazaba con caer por su mejilla. Su voz era dulce como la miel: —Así que, ¿podrías dejar de llorar? Por favor, hazme caso.
El pecho de Valentina se apretó de dolor.
Los atacantes ya habían sido neutralizados.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....