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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 195

—Ya falta poco, calculo que en una semana tendré información interna. El anuncio oficial será en unos quince días.

Eso significaba que, en aproximadamente quince días, Valentina se marcharía de la ciudad.

Isabela sonrió con malicia.

Esa era, sin duda, la mejor noticia que había recibido últimamente.

—¿De dónde sacaste esa pulsera?

Isabela bajó la vista hacia su muñeca. Levantando ligeramente la mano, respondió con una sonrisa encantadora: —Me la regaló Sebastián.

El profesor Figueroa se quedó pasmado un instante.

La sonrisa de Isabela se amplió. —Escuché que la madre de Valentina tuvo que empeñarla después de que la familia Vargas cayera en bancarrota. Tiempo después, Sebastián la compró en una subasta.

—No puede ser —dijo él, tomándole la mano para desabrochar el cierre de la joya. La colocó en la palma de su propia mano y la examinó con detenimiento bajo la luz.

Finalmente, dijo con absoluta certeza: —Esta no es.

La sonrisa se congeló en el rostro de Isabela. El gesto en sus labios seguía ahí, pero su expresión ahora lucía retorcida. —Debes estar equivocado, tío.

Después de todo, la madre de Valentina había muerto hacía muchísimos años. Incluso en vida, tras casarse con el padre de Valentina, rara vez había tenido contacto con él. ¿Cómo podría distinguir la autenticidad de esa pulsera después de tanto tiempo?

Por si fuera poco, ¿desde cuándo las posesiones de Sebastián Correa resultaban ser falsificaciones?

—Es cierto que los rubíes son auténticos, pero no es la pulsera de ella —afirmó el profesor con un tono que no admitía debate.

Isabela alzó la voz, perdiendo la compostura: —¡Eso es imposible! ¡Yo misma vi a Sebastián comprar esta pulsera en esa subasta por ochenta millones! Cuando regresé al país, se la exigí como regalo, ¡y hasta me la entregó en el mismo estuche original! ¡No puede ser falsa!

Fue entonces cuando Francisco comprendió el verdadero origen del obsequio.

No había sido un regalo que Sebastián hubiera ofrecido por iniciativa propia.

Ella se lo había exigido.

Aunque no trataba a diario con Sebastián, sabía que era un hombre íntegro y directo. Si accedió a darle el regalo, no tenía motivos para entregarle una imitación barata. Sencillamente se habría negado a dársela.

—Entonces, tal vez... —reflexionó el profesor Figueroa— la pulsera que se vendió en la subasta aquel día era falsa.

...

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