¡Valentina!
Con el corazón en un puño amenazando con salírsele del pecho, Daniel emprendió una carrera desesperada hacia el elevador al final del corredor.
¡El rostro de Ernesto Zamora se retorció de rabia! —¡Deténganlo! ¡Y que nadie en el barco se entere!
Especialmente Sebastián, quien seguía presente en el gran salón de eventos en la tercera cubierta.
Su asistente le susurró con cautela: —Presidente Zamora, el banquete principal está a punto de dar inicio. Si usted no hace acto de presencia, levantará sospechas innecesarias.
—Vamos primero a la tercera cubierta.
Al entrar al lujoso salón, Ernesto paseó la vista disimuladamente hasta toparse con la imponente presencia de Sebastián, para luego apartar la mirada con naturalidad.
Poco después, uno de sus hombres de confianza se le acercó y le informó en un murmullo: —Presidente, el Joven Daniel robó una lancha rápida y salió tras ellos.
El rostro de Ernesto no mostró ni una pizca de emoción, pero la mano que colgaba a su costado se cerró en un puño de pura rabia. ¡Ese mocoso había perdido por completo la razón por culpa de esa periodista!
Sin embargo, era demasiado arriesgado mandar gente a perseguirlo. Si más yates y lanchas irrumpían repentinamente en las aguas aledañas, desatarían el caos y la atención de todos se centraría en ellos. Lo peor de todo sería que Sebastián empezaría a atar cabos.
Solo necesitaban darle unos minutos más al yate para que cruzara hacia las aguas internacionales.
—Déjenlo por ahora —ordenó en voz baja.
El viento salado y gélido del mar abierto cortaba la piel de Daniel como cientos de navajas.
Como salió a destiempo, el yate en el que tenían secuestrada a Valentina ya había desaparecido de su rango de visión.
Daniel aceleró a fondo. Los potentes faros apenas y cortaban la niebla, y el agua del océano chocaba violentamente contra el casco, salpicándolo y empapándolo de pies a cabeza.
Estaba calado hasta los huesos, sin rastro de calor en su cuerpo, pero sus manos —pálidas, moradas e insensibles por el frío extremo— seguían aferradas al timón con una determinación suicida.
Por fin, entre la oscuridad casi absoluta de las olas, divisó la luz trasera del yate.
Una gota de mar helado rodó por sus pestañas y sus ojos recobraron el brillo de la esperanza.
Pero sabía muy bien que si se enfrentaba solo a esos hombres, no tendría la menor oportunidad de sacar a Valentina de ahí.

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