El yate que surcaba el mar se acercaba cada vez más al faro.
A bordo, los hombres armados hacían turnos para vigilar la cabina, sin quitarle el ojo de encima a Daniel y Valentina.
—Mantén los ojos abiertos, que no haya errores —ordenó uno de los hombres mayores, de aspecto rudo, a un joven de no más de veinte años.
El muchacho murmuró por lo bajo: —¿Qué tanto pueden hacer? Los tenemos atrapados y estamos en medio del mar. Además, tenemos armas. Si intentan algo, le vuelo los sesos de un tiro.
—Más vale prevenir que lamentar.
Al joven no le importó. Vio cómo el hombre mayor subía al segundo piso e hizo una mueca de desdén. Esos tipos siempre le dejaban el trabajo aburrido para poder irse a holgazanear.
En medio de esa inmensidad, nadie escucharía sus gritos de auxilio. Estaba seguro de que Daniel y la chica no tenían escapatoria. Bostezó, se apoyó contra la puerta de la cabina abrazando su arma y empezó a cabecear.
Estaban a menos de veinte millas náuticas de entrar en la zona costera, el territorio de don Fausto.
Si le entregaban a esa tal Valentina a don Fausto, su futuro estaría asegurado.
Ya estaba fantaseando con todo el dinero y las mujeres que tendría al regresar. Al pensar que su suerte por fin iba a cambiar, volvió a bostezar perezosamente.
Daniel, con el dedo meñique de su mano derecha herido, sostuvo a Valentina por los hombros y la acomodó en un rincón más cómodo.
Apenas hizo el movimiento, Valentina se aferró de repente a su manga. Sin atreverse a hacer ruido, negó con la cabeza en un gesto desesperado.
Esos hombres estaban armados y él tenía las manos desnudas; no era un experto en artes marciales. ¿Cómo planeaba enfrentarlos?
Al principio lo habían tratado con cierta cortesía por ser el joven de la familia Zamora, pero si los provocaba, esos criminales sanguinarios mostrarían su verdadera y brutal naturaleza.
La mano helada de Daniel palmeó suavemente el dorso de la de ella. Articuló sin emitir sonido: "No tengas miedo".

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