Al terminar de bañarse, Valentina se secó, colgó la toalla en el gancho de la pared y abrió el paquete de ropa nueva.
Era un conjunto deportivo de hombre, azul marino y de manga larga. También traía un par de calcetines.
Revisó la etiqueta; era la talla de Sebastián.
Se puso las prendas, que obviamente le quedaban enormes, así que enrolló un poco las mangas y las perneras. Luego se echó encima el pesado abrigo militar e intentó abrir la puerta.
Apenas tocó la manija, el hombre del otro lado empujó.
Una nube de vapor escapó del baño. Sebastián bajó la mirada hacia Valentina, envuelta en esa bruma húmeda, con el cabello recogido en un chongo desordenado.
Unos mechones rebeldes, húmedos, se adherían a sus mejillas. Su rostro, ya de por sí pequeño y delicado, la hacía lucir aún más joven.
Como el pantalón deportivo le quedaba demasiado holgado en la cintura, había metido la camiseta por dentro, lo que ceñía la tela en su pecho, resaltando la forma firme y atractiva de sus curvas; un encanto cautivador que contrastaba por completo con la inocencia de su rostro.
Los ojos de Sebastián se oscurecieron. Preguntó con voz ronca:
—¿Terminaste?
Valentina no respondió. Abrazó su ropa sucia y, en silencio, intentó pasar por su lado, pero él seguía sosteniendo el marco de la puerta y su brazo le bloqueaba el paso.
—Me voy a dormir —dijo ella, levantando la vista, provocando que el chongo en su cabeza se tambaleara ligeramente.
Hasta su peinado parecía estar haciendo un berrinche.
La mirada de Sebastián pasó por encima de su cabeza hacia el interior del baño: quedaba exactamente la mitad del agua caliente y fría. La toalla estaba en el gancho.
Soltó la puerta. Valentina salió sin dudar, pero no volvió a pisar la habitación principal.
Desde las escaleras se escuchó el ruido de sus pasos bajando pesadamente.
Sebastián siguió con la vista el bamboleo del chongo en su cabeza hasta que desapareció. Luego, entró al baño.
La luz que llegaba desde la escalera proyectaba la imponente sombra de Sebastián en la pared, haciéndose más pequeña a medida que él se agachaba.
Miró a la mujer acurrucada junto a él, con los ojos ensombrecidos de deseo. Le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia su pecho.
La cabeza de la joven cayó hacia atrás, dejando sus labios rosados a escasos centímetros.
Solo quien los había probado sabía lo increíblemente suaves que eran.
Recordando los sonidos que había escuchado mientras ella se duchaba, la mirada de Sebastián se tornó peligrosamente intensa. Clavó los ojos en sus labios y se inclinó para devorarlos.
Valentina, recién dormida, despertó sobresaltada por la falta de aire. Soltó un quejido de protesta y levantó las manos para empujarlo.
—¡Mmh!
Pasó de la confusión a la furia. Al ver que no podía moverlo un milímetro, abrió la boca con la intención de morderlo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....