Tras escapar de los brazos de Sebastián, Valentina corrió a asomarse por la ventana.
Cinco imponentes helicópteros artillados sobrevolaban la casa, tapando la luz del sol. El giro de las hélices producía un estruendo ensordecedor, y el fuselaje negro brillaba con un tono sombrío e intimidante bajo la luz de la mañana.
Aquella abrumadora demostración de poder hizo que el corazón le latiera a mil por hora.
Después de soportar la tormenta y la inundación durante dos noches y un día, la isla entera era un desastre. Con la caída drástica de la temperatura en la madrugada, el agua del mar que había anegado la tierra se había congelado.
Incluso el cristal de la ventana estaba cubierto por una capa de escarcha.
Era fácil imaginar el frío extremo que hacía afuera.
Al observar el panorama, Valentina bajó la mirada y soltó un suspiro, viendo cómo su aliento se condensaba en el aire.
Por fin se irían de allí.
Atrapada en esa isla, el tiempo se le había pasado mucho más rápido de lo que habría imaginado.
Se quedó de pie unos momentos junto a la ventana y, justo cuando se dio la vuelta para bajar las escaleras, Sebastián dio unas zancadas, la tomó del brazo y tiró de ella hacia atrás.
La sujetó de la muñeca y clavó sus ojos oscuros en su rostro.
—Pedí que te trajeran ropa.
Tomó el auricular que colgaba de su cuello y, mirando de reojo la expresión cabizbaja de Valentina, ordenó con voz grave:
—Suban las cosas.
Lucas Ortiz subió cargando dos bolsas enormes, repletas de ropa para Valentina.
De pies a cabeza, desde adentro hacia afuera. Había una chaqueta acolchada, botas térmicas, gorro, bufanda, guantes y hasta ropa interior nueva.
Justo antes de entrar al baño con las bolsas, Valentina escuchó la voz de Ricardo Mendoza desde el primer piso preguntando si Sebastián estaba arriba. Intentó subir, pero los guardaespaldas se lo impidieron.
—¡Sebastián! ¡Hermano! ¡Viejo amigo!
Sebastián se puso el abrigo militar que Valentina había estado usando.



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