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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 221

—Siéntate bien—, ordenó el hombre con voz tenue.

Valentina Vargas se acomodó de lado, apoyándose en el respaldo y cerrando los ojos.

Al principio, la abrumadora presencia de Sebastián a su lado la tenía con la mente hecha un caos.

Pero luego, sus pensamientos derivaron hacia la evaluación para la Oficina de corresponsales extranjeros, cuyos resultados debían salir en estos días.

Según los cálculos, faltaban pocos días para Nochevieja. Seguramente, justo después de las celebraciones, tendría que empacar e irse al país E.

Pero antes de eso, durante las festividades, tenía que volver a la Hacienda Correa para acompañar a la abuela…

Sebastián Correa descansaba con los ojos cerrados. Poco después, escuchó la respiración pausada de Valentina.

Abrió los ojos y volteó a verla dormir.

El helicóptero aterrizó en la azotea del Hospital Correa.

Sebastián sintió que la mujer en sus brazos se movía. Al ver cómo le temblaban levemente las pestañas, la acomodó de nuevo en su asiento.

Valentina abrió los ojos y le tomó unos segundos procesar que ya habían aterrizado.

Bostezó y, fingiendo indiferencia, echó un vistazo a Sebastián, quien parecía seguir dormido. Luego, se inclinó para sacudir a Daniel Zamora.

—¡Ya llegamos a Miramar, despierta!

Daniel se despabiló por la sacudida.

El personal médico ya los estaba esperando. Tan pronto como bajaron, se llevaron a Daniel para que recibiera el tratamiento adecuado.

Apenas Sebastián descendió, Lucas Ortiz se acercó con el rostro desencajado.

—Señor Correa, no logré comunicarme a su teléfono. Don Alberto me llamó… La Matriarca está tosiendo sangre.

Valentina, que venía justo detrás, escuchó todo.

El trayecto hacia la Hacienda Correa fue a toda velocidad.

Al llegar, Valentina intentó entrar corriendo a la habitación, pero Don Alberto le bloqueó el paso.

—Don Alberto, ¿qué le pasó de repente? ¿Por qué no la han llevado al hospital?

El mayordomo tenía una expresión sombría. —Joven señora… La Matriarca pidió explícitamente que usted se quede afuera.

—… ¿Ella también lo sabe?—, preguntó la anciana mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas arrugadas.

La mandíbula de Sebastián se tensó.

El tiempo pareció alargarse infinitamente.

Su voz sonó increíblemente grave: —Ella no lo sabe.

Como si ya no le quedaran más lágrimas, el rostro de la abuela adquirió un tono ceniciento.

Había amado tanto a esa niña, la crio dándole los mismos lujos que a cualquier heredera de la familia Correa… y resultó ser la hija del asesino de su hijo y su nuera.

Al recordar el pasado, sentía que su vida había sido una completa burla.

Movió sus labios descoloridos y murmuró: —Los niños son inocentes. Apenas tenía cinco años, los pecados de los Vargas no son culpa suya.

—Pero no permitiré que siga en esta familia.

La Matriarca hizo un esfuerzo sobrehumano para sentarse. Sus dedos se clavaron en la muñeca de Sebastián con una fuerza impropia de su estado, casi perforándole la piel, como en un último destello de vitalidad.

Con voz rasposa, sentenció: —Solo te exijo una cosa: divórciate de ella.

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