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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 259

Sentía que las piernas no le respondían, que ya no eran suyas, pero aun así corría con todas sus fuerzas para alcanzar a Mateo.

Lo metieron a la sala de emergencias. Cuando las gruesas puertas se cerraron, Valentina perdió todas las fuerzas y cayó al suelo, apoyando sus manos contra las baldosas frías.

El tiempo pasaba, y Valentina nunca antes sintió que los minutos fueran tan eternos.

Unos pasos se escucharon detrás de ella, seguidos por una voz grave y firme:

—Ayuden a la señorita a levantarse.

Dos guardaespaldas la levantaron y la sentaron en una silla.

Valentina miró con expresión ausente al hombre alto y de rostro severo que estaba de pie frente a la puerta de emergencias.

Era Miguel Solís.

Hacía dos días, la familia Solís había pasado por una gran crisis.

Aunque Mateo solía estar ausente por su trabajo, siempre fue leal y se entregaba por completo a su familia. Jamás imaginó que su tío Fernando actuaría en su contra en un intento de arrebatarle sus acciones.

Había restado importancia a lo cerca que estuvo de perderlo todo, pero Valentina había deducido lo peor al ver el vendaje en su cuello.

Había logrado escapar casi por milagro, y en gran parte se debió a que su hermano mayor, Miguel, había anticipado las ambiciones del tío y posicionado a sus hombres con anticipación.

En el último momento, le dieron la vuelta a la situación.

Miguel, quien normalmente estaba demasiado ocupado con los negocios internacionales para volver a casa a pasar las fiestas, había viajado a Miramar aquel día para asumir el control de la familia Solís.

Al escuchar lo de Mateo, vino de inmediato.

En la sala de interrogatorios de la comisaría.

La mujer de cabello desaliñado y esposada, estaba sentada frente al escritorio. Su rostro no mostraba ninguna emoción.

La policía le enseñó los videos de seguridad, ampliando la imagen:

—La mañana del dos de enero, en el mercado principal, ¿esta mujer eres tú?

La mujer levantó la vista lentamente.

—Soy yo.

—¿Conocías a Flora?

—Sí —respondió con voz ronca—. La conocí cuando trabajaba en Villa Esmeralda hace un poco más de un año.

La mujer no se atrevía a mirarlo. Jugaba nerviosa con sus manos esposadas sobre su regazo.

—¿Por qué le destrozaste la boca a Flora?

La voz era demasiado fría, y el aura imponente de Sebastián creaba una presión sofocante.

Los labios de la mujer temblaron.

—Porque ella descubrió que yo robaba en Villa Esmeralda y me delató con la señora, haciendo que me despidieran. ¡Todo fue por su maldita culpa! Al principio no planeaba matarla, pero durante todo este año no conseguí un empleo fijo. No tenía dinero, tuve que ver a mi madre sufrir por una enfermedad y a mi hija pasar frío en un cuartucho sin calefacción. Para año nuevo, quería prepararle a mi hija una sopa de pescado y, como no me alcanzaba para uno fresco, le pedí al vendedor un pez muerto. Y entonces... ahí la vi, comprando verduras tranquilamente, sonriendo y charlando con los vendedores. El rencor me consumió, y decidí matarla.

—¿Y esa es también tu razón para querer apuñalar hoy a Valentina?

La mujer asintió.

—¿Cuándo te despidieron?

—A finales del antepasado...

—¿Y quién te contrató para asesinarla? —preguntó Sebastián, con la voz afilada como un témpano de hielo.

El rostro de la mujer se paralizó, volviéndose completamente pálido en un segundo.

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