Al mencionar el tema, la cuidadora se acercó un poco más a Isabela.
—¿No vio las noticias de hoy? La policía estaba en pleno operativo y un loco se atrevió a apuñalar a alguien en plena calle. Qué barbaridad, ¿verdad? La gente de hoy en día está llena de odio, ni siquiera le temen a la autoridad.
No sabía por qué la señorita Campos había estado tan deprimida últimamente, y tenía pánico de decir algo equivocado y que volviera a mirarla con esos ojos... esos ojos que parecían los de una víbora venenosa. Por culpa de esa mirada, había tenido pesadillas varias noches seguidas.
Sabía que la había molestado antes y temía ser despedida. Un trabajo tan bueno, con un sueldo tan alto, no se lo iba a ceder a nadie, así que todos los días se desvivía por tenerla contenta.
Temiendo haber hablado de más, observó disimuladamente el rostro de Isabela. Al ver que no había una reacción negativa, suspiró aliviada y comentó con sinceridad:
—Imagínese si un loco con ganas de vengarse del mundo entra aquí... ¿qué haríamos? El señor Correa realmente la tiene en un pedestal, la cuida como a nadie.
Isabela miró por la ventana hacia la oscuridad de la noche, con expresión pensativa. De pronto, una sonrisa se dibujó en sus labios, evidenciando su excelente humor.
—Tienes razón. Sebastián se preocupa muchísimo por mí.
Los guardaespaldas de Sebastián estaban perfectamente entrenados. Al bajar de los vehículos, lo hicieron en absoluto silencio, sin hacer el menor ruido.
Isabela se acostó en la cama. La cuidadora apagó la luz, salió de la habitación y cerró la puerta.
En la oscuridad, Isabela dejó escapar una risita cargada de segundas intenciones.
¿Acaso ya se había dado cuenta?
…
El día anterior, tras salir de la comisaría, Sebastián había ido a la Hacienda Correa y no regresó a Villa Esmeralda hasta altas horas de la noche. Aun así, se encerró en su estudio a trabajar hasta las dos de la madrugada.
Pero, sin importar si era día laboral, fin de semana o feriado, siempre se levantaba a la misma hora.
Más de una vez, Ricardo Mendoza no había podido evitar burlarse: "¿No tienes esposa? ¿Qué pasa, no te cansa? ¿Te crees superior por levantarte tan temprano? ¿Muy machito?". Sebastián jamás se dignó a responderle.
Al bajar las escaleras, vio a Don Alberto sentado en el sofá, inclinado sobre la mesa de centro, escribiendo algo.
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