Por lo visto, la vida de Isabela Campos era de suma importancia para él.
—Tranquila, déjala que se crea intocable un par de días más —le dijo Mateo, lanzándole una mirada tranquilizadora.
Ese trato no solo buscaba que Sebastián la dejara en paz, lo primordial era que Valentina dejara temporalmente de lado la idea de vengarse de Isabela.
Esa mujer, Isabela Campos, no era en absoluto tan frágil y dócil como aparentaba; era un ser venenoso, con un corazón vil y calculador.
Solo pensar en cómo le habían destrozado la boca a Flora a golpes era suficiente para ponerle los pelos de punta a cualquiera.
¿Qué clase de mente enferma era capaz de ordenar algo tan macabro?
Tal vez haber quedado discapacitada de las piernas la había llevado a desarrollar algún trastorno psiquiátrico espeluznante. ¡Él iba a asegurarse de que Valentina se mantuviera lo más lejos posible de alguien así!
—Soportando todas estas humillaciones por mí... ¿Seguro que no estás enamorado de mí en secreto? —bromeó Valentina fingiendo sospecha, lanzando exactamente el tipo de comentario que siempre hacía que Mateo saltara.
Mateo soltó una carcajada indignada: —¡Ya vas otra vez! ¡Egocéntrica! Ahg...
El movimiento le tiró de la herida, por lo que tuvo que girarse un poco para soportar el dolor.
Después de un momento, Valentina le palmeó suavemente el brazo. Mateo volteó a mirarla. —¿Qué pasa?
—Voy a hacer algo que te hará feliz.
Mateo rodó los ojos. —Desde que éramos niños, ¿qué cosa has hecho alguna vez para hacerme feliz?
Por supuesto, lo que más infeliz lo había hecho fue cuando se casó con Sebastián Correa. Si hubiera sabido que había tanto rencor acumulado entre sus familias, se la habría llevado lejos de Sebastián hace mucho tiempo.
—Voy a presentar la demanda de divorcio —dijo Valentina, con una nueva determinación brillando en sus ojos.
Mateo se quedó paralizado por un segundo, pero enseguida su corazón se llenó de compasión. Sabía muy bien que esa era la última línea roja que ella se había jurado no cruzar.
Porque la familia Correa la había criado, y presentar una demanda formal involucraría irremediablemente al Grupo Correa en un escándalo.
A menos que fuera el último recurso, a menos que su corazón estuviera totalmente congelado de decepción, ella no habría dado ese paso. Sebastián realmente la había lastimado hasta lo más profundo.
Con un tono sereno, le preguntó: —¿Estás completamente segura?

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