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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 304

El aire cálido dentro de la cabina del auto chocó con un escalofrío que, sin saber de dónde venía, hizo que Valentina apretara el vaso de leche con ambas manos.

—Hablemos de otra cosa —dijo, volteando a ver a Aein, que sostenía el volante y mantenía la mirada baja, como distraído. Sonrió un tanto avergonzada—. Siento que te estoy aburriendo.

Pero sentía que estas cosas solo podía decírselas a él.

Aein pareció salir de su ensimismamiento y la miró. En sus ojos marrón oscuro cruzó una emoción tan fugaz que desapareció antes de que Valentina pudiera descifrarla.

La intensidad de esa mirada opresiva la asustó por un segundo.

Sin embargo, Aein apartó la vista al instante. Sus dedos fríos teclearon rápidamente en la pantalla:

[Seguramente tu instinto no se equivoca].

[La vida es tan larga...]

Aein aún no había terminado de escribir cuando, de repente, Valentina puso su mano sobre el guante de él. Lo miró con suspicacia, escudriñando su rostro oculto por la mascarilla y la visera baja de la gorra.

—La marca de nacimiento en tu párpado...

La mano que sostenía el teléfono se tensó por completo.

Aein usó su otra mano para bajarse aún más la visera de la gorra.

Al ver que Valentina se acercaba para inspeccionar mejor, bajó la mirada, borró la frase incompleta y escribió: [Nací con ella].

Notando que Aein se echaba hacia atrás contra la puerta del auto, Valentina comprendió que estaba siendo demasiado metiche.

De casualidad, le pareció que la marca de su párpado había desaparecido.

Era imposible que Aein se hubiera hecho algún tratamiento estético para quitársela; no parecía importarle tanto su aspecto.

Ya que él mismo lo decía y era evidente que le incomodaba ser observado tan de cerca, debía ser la falta de luz en el auto la que la engañó.

—Lo siento mucho, Aein, tengo que corregir esa manía de ser tan curiosa.

—En cuanto me instale en Estados Unidos te paso mi dirección. Si algún día tienes la oportunidad, ve a visitarme. Aunque no podamos vernos a menudo, pensar de vez en cuando en el otro también es agradable.

De repente, el hombre extendió las manos hacia ella.

Valentina parpadeó, confundida, viendo cómo Aein levantaba ligeramente los brazos. No entendió qué quería hacer. ¿Acaso quería abrazarla?

O tal vez...

Sin embargo, antes de que lograra adivinar su intención, Aein debió darse cuenta de lo inapropiado del gesto, porque bajó los brazos de inmediato.

—Ay, por favor... —Valentina se inclinó hacia él con total naturalidad y abrazó su cuerpo ancho y firme—. Si querías un abrazo solo tenías que decirlo. Hoy he abrazado a mucha gente, a Javier, a Nico...

Mientras hablaba, hizo el ademán de apartarse.

Pero de pronto, dos brazos fuertes la rodearon con firmeza. Aein, que había estado sentado rígido en su lugar, se inclinó hacia adelante y Valentina chocó contra su pecho.

En su oído izquierdo se escuchó, amortiguado, el latir de su corazón.

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