Nicolás recibió el golpe de lleno, y la marca roja de los dedos apareció de inmediato sobre su piel pálida.
Se cubrió la mejilla, mirando a su madre con una mezcla de incredulidad y furia.
—¡Qué haces! —le reclamó con voz áspera.
Por un momento, un destello de hostilidad violenta y sombría brilló en sus ojos.
Al ver esa faceta tan despiadada, Diana se quedó perpleja por un segundo, antes de decir con dureza:
—¡Más bien te pregunto yo qué estás haciendo!
Estaba a punto de estallar cuando la secretaria llamó a la puerta para llevar los cafés.
Diana bajó la mano que tenía en alto, cruzó los brazos sobre el pecho y giró la cabeza para mirar por el ventanal, reprimiendo su enojo.
La secretaria notó que el ambiente estaba tenso, así que no se atrevió a curiosear; dejó los cafés y salió de inmediato.
La puerta volvió a cerrarse.
Nicolás se aflojó un poco la corbata y regresó a pasos largos detrás del escritorio.
Se hundió en la silla ejecutiva y se reclinó, manteniendo una expresión fría.
—Soy quien dirige este grupo ahora. Pero tú eres mi madre, así que dejaré pasar esa bofetada por esta vez. Sin embargo, me tienes que explicar, ¿por qué me pegaste?
—Dime de dónde sacaste el derecho a ser quien dirige este grupo, ¿acaso puedes explicarme eso?
Diana caminó con pasos firmes hacia él con sus tacones. Colocó su bolso de mano sobre el escritorio y lo fulminó con la mirada desde el otro lado.
Nicolás sacó un cigarrillo de la cajetilla y, con una calma inquebrantable, respondió:
—Sebastián fue arrestado, y esta empresa no puede quedarse un solo día sin líder. Todos los demás me eligieron para ocupar este cargo.
—¿Y por qué lo arrestaron? —preguntó Diana, con un tono cada vez más amenazante.
—Deberías leer las noticias, ahí dice por qué cayó —replicó Nicolás con desdén.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....