El sudor le había empapado las sienes.
Sus labios estaban hinchados y la parte frontal del vestido, arrancada, apenas lograba ocultar las marcas rojizas de su pecho.
Sin embargo, aquella frase pronunciada con frialdad y la sangre pegajosa de su mano, hicieron añicos toda la atmósfera íntima del vehículo.
—¿Qué demonios hiciste? —preguntó Sebastián severamente.
El deseo en sus ojos se replegó por completo y, con solo un destello rosado bajo sus ojos, delató lo que había sentido apenas unos segundos atrás.
El hedor a sangre inundaba la estrecha cabina, atormentando los nervios de quienes estaban dentro.
Sebastián levantó la mano ensangrentada y notó que ella sujetaba una navaja suiza con fuerza.
Sus pupilas se contrajeron.
¡Había utilizado aquel método para mantenerse lúcida!
¡Estaba dispuesta a mutilarse antes que dejar que la tocara!
La furia abrasadora quemó el último rastro de lujuria en los ojos de Sebastián, dejando solo una ira afilada e implacable.
Le arrebató la navaja suiza y la estrelló con fuerza contra la puerta del auto. Con un golpe seco, la navaja rebotó y cayó al suelo.
—¿Tanto te repugna que te toque?
—Sí —respondió ella en un tono monótono, como si aquel hombre frente a ella fuese un simple objeto para descargar sus pasiones.
Ya sin la navaja, su mano quedó libre.
Tomó el pedazo roto de su vestido y lo subió para cubrir lo que acababa de quedar al descubierto.
La expresión de Sebastián, en respuesta a su confirmación tan rotunda, se oscureció profundamente.
Apretó la muñeca ensangrentada y rasgó un trozo del forro del vestido de Valentina para vendarle la herida.
Y entonces, la gélida voz de Valentina resonó, exánime, dentro del auto.
—Creí que era otro hombre el que me estaba besando y acariciando... Si hubiera sabido que eras tú, preferiría la muerte...
—¡Valentina! —la interrumpió, frunciendo el ceño.
La miró a los ojos, todavía irritados por la pasión, pero fríos como el hielo.
Le sujetó la mano vendada y le preguntó gélidamente:
—¿Y quién creías que era?

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