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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 342

El sonido de la pelea en el pasillo se volvió cada vez más intenso.

Al pensar que Sebastián la había abandonado, una fuerte ola de emociones invadió a Isabela, haciendo que sus dedos temblaran. Tuvo que aferrarse con fuerza a las sábanas para obligarse a mantener la calma.

Lo más urgente ahora era salir de ese lugar.

Antes, además de los hombres de Sebastián, contaba con sus propios guardaespaldas, los que la habían protegido todo el tiempo que estuvo en el extranjero.

Sus identidades estaban perfectamente limpias, tanto que ni siquiera Sebastián podría rastrearlos.

—Trae la silla de ruedas —ordenó, lanzando una rápida mirada a la cuidadora, que estaba pálida del susto.

¡Maldita inútil, cómo se había atrevido a ocultarle esa información!

La cuidadora tembló y respondió con voz entrecortada:

—S-sí... en seguida, señorita Campos.

Corrió a trompicones para acercar la silla de ruedas, mientras Isabela sacaba su teléfono y marcaba el número de Humberto.

—Estoy en el hospital de los Correa.

Al otro lado de la línea, Humberto, furioso por haber sido despertado, le gritó con frialdad:

—¿Y qué? ¿Esperas que vaya a visitarte?

Una expresión despiadada cruzó el rostro de Isabela.

—¡Si no quieres que tus trapos sucios salgan a la luz, mándame autos de apoyo ahora mismo!

A Humberto se le quitó el sueño de golpe y contuvo la respiración, frustrado.

Anteriormente había intentado invitar a Sebastián a cenar para conseguir una colaboración en el proyecto más reciente del Grupo Correa, con el que calculaba ganar miles de millones. Era la oportunidad de su vida.

Le había pedido a Isabela que fuera el puente entre ellos, pero esa inútil no logró nada.

Él amenazó con destruir las cenizas y la tumba de la madre de Isabela, y ella, a cambio, lo chantajeó con los detalles de cómo él mismo había entregado a su madre a la cama de Bartolomé.

Si no fuera porque ella alguna vez se interpuso en un accidente de auto por Sebastián y él aún le guardaba cierta consideración, ¡hacía tiempo que la habría estrangulado con sus propias manos!

¡Quién lo diría! Todos los rumores sobre ella eran pura fachada. No significaba nada para Sebastián, no le había traído ningún beneficio. ¡Seguía siendo una buena para nada!

Arturo, que había recibido la alerta, llegó corriendo desde Bahía Serena para interceptarla. Sin embargo, en la puerta lateral del hospital, varios autos le cortaron el paso.

Abrió la puerta de su vehículo y bajó de un salto, pero no esperaba que la persona que descendiera del auto frente a él fuera Lucas.

Arturo soltó una maldición.

—¡¿Qué diablos quieres?!

Acababan de pelear en Bahía Serena, ¿y ahora este tipo los había seguido hasta aquí? ¡Parecía un fantasma que no los dejaba en paz!

¡Igual que Sebastián, aparecía en cuanto olía problemas!

Bajo la luz tenue, Lucas caminó paso a paso hacia él. Arturo se puso de inmediato en guardia.

—¡Te lo advierto! Cuando J se recupere, te vas a arrepentir.

¡Estaba seguro de que la última vez habían usado la ventaja numérica para atacar a J!

¡Si no, alguien tan fuerte como él nunca habría terminado herido!

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