Eran tiempos en los que Sebastián había perdido la vista. Ya habían pasado casi cinco años de aquello.
Los tres años de matrimonio se habían esfumado como un chasquido.
Sin embargo, a Valentina le parecía que esos momentos habían ocurrido en otra vida.
Aquel día le había preparado una taza de té y se había sentado en el sofá de su habitación a hojear unas revistas. Eran las mismas que Sebastián solía leer antes del accidente; siempre había tenido intereses muy variados y una memoria fotográfica envidiable.
Era una revista de geografía internacional.
Mientras pasaba las páginas sin mucho interés, su mirada se detuvo en una de ellas. El artículo hablaba de un lugar remoto donde había un lago de aguas cristalinas, tan hermoso que parecía un paraíso.
Pero lo que realmente le llamó la atención fue la forma del lago: era una media luna.
Mientras más lo veía, más la fascinaba. Abrazó la revista emocionada, imaginando que aquel lago estaba frente a ella, y suspiró:
—¡Qué preciosidad!
Sebastián, que estaba bebiendo su té, ni siquiera giró la cabeza para preguntar:
—Si estás leyendo, lee. ¿Qué tanto escándalo haces?
Ella, arrodillada en el sofá, se acercó a donde él estaba sentado y le acercó la revista.
—Mira esto... ah, claro, soy yo la que nunca ha visto mundo.
Se arrepintió de sus palabras al instante. Apenas había pasado medio mes desde el accidente que lo había dejado ciego, y a ella todavía le costaba asimilar que esos ojos tan agudos ya no podían ver.
La mano de Sebastián, que sostenía la taza de té, se detuvo por un segundo.
—¿Qué cosa?
Ella le dijo el nombre del país y añadió:
—Es un lago en forma de media luna. Es muy raro, pero precioso.
—Por casualidad vi que había un lago así en esta isla.
Valentina apretó la mandíbula sin decir una palabra más.
Cuando Sebastián la obligó a subir a la rampa de abordaje, una ráfaga de viento le metió arena en los ojos. Levantó la mano instintivamente para protegerse la vista, y en ese segundo todo se oscureció. Sebastián la había envuelto entre sus brazos.
Con los ojos irritados y llorosos por la arena, su vista borrosa solo alcanzó a distinguir el rostro frío del hombre, cada vez más cerca.
Sintió una suave brisa en su rostro, y al parpadear un par de veces, la molestia desapareció.
Cuando pudo abrir los ojos por completo, Sebastián ya la estaba llevando hacia la cabina del yate.
Como si temiera que aprovechara cualquier descuido para huir hacia la orilla, Sebastián la mantuvo a su lado al encender los motores. Con una mano maniobraba el yate y con la otra sostenía firmemente su muñeca.
Aquella escena tan familiar le hizo recordar la vez que fue secuestrada en alta mar, y cómo él la había rescatado y tomado el control del timón de manera similar.
—¿Quieres intentar? —preguntó él de pronto.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....