—¡Bájame de una vez!
En sus ojos solo había rechazo y repulsión, tanto física como mental.
Los brazos de Sebastián estaban rígidos como el acero. La apretó con más fuerza contra su pecho, hundiendo el rostro en su escote, respirando de manera pesada.
—¿Qué premio quieres?
—¡Suéltame!—, le gritó ella, furiosa.
De repente, el hombre, todavía con el rostro escondido en su pecho, soltó una risa profunda y ahogada: —Este premio no está nada mal.
Hizo el amago de aflojar el agarre, pero Valentina le recriminó indignada: —¡Sebastián, no seas sinvergüenza!
El atardecer caía. La cálida luz anaranjada acariciaba la superficie del mar e iluminaba los senderos de la isla, mientras nubes rosadas decoraban el cielo.
Sebastián levantó la cabeza. Su hermoso rostro parecía bañado en tonos ámbar.
Bajó a Valentina y la miró con esos ojos oscuros e insondables. —¿Qué es lo que quieres?
Valentina no titubeó ni un segundo. Parecía tenerlo claro desde antes de empezar la competencia.
Con voz firme, articuló cada palabra: —Quiero la vida de esa perra de Isabela.
El sol terminó de ocultarse, y la brisa del mar de repente se sintió mucho más fría.
—Te dije que un premio razonable—, replicó Sebastián. Estaba de espaldas a la última luz del día, lo que ensombrecía sus facciones, haciendo imposible descifrar su mirada.
Pero Valentina pudo notar la frialdad en su tono.
Todo lo que él había insinuado antes de competir, aquello de que ella importaba más que Isabela, no era más que una ilusión.
Menos mal que no se lo había tomado en serio.
Solo había apostado. Si ganaba de verdad, podría pedir la cabeza de Isabela. Si no, al menos lo habría intentado y ahora podía conformarse con su plan de reserva, pedir cualquier otra cosa.
Sintiendo una pequeña punzada en el corazón, Valentina dijo con aparente indiferencia: —Ya te lo diré cuando lo piense bien.
—Me voy a cenar.
Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la casa. Sus pasos eran cada vez más rápidos, más urgentes.
De repente, una mano firme de nudillos marcados la sujetó por la muñeca.
—Valentina.
Valentina ya estaba profundamente dormida. Ni siquiera escuchó el agua de la regadera en el baño.
No supo cuánto tiempo pasó antes de que sintiera cómo alguien levantaba un lado de las sábanas.
Sebastián se recostó a su lado, extendió una mano y giró el cuerpo de Valentina hacia él, observando su rostro bajo la tenue luz de la luna.
Recorrió sus cejas, sus ojos cerrados, su pequeña y delicada nariz, y esos labios aún ligeramente hinchados.
Su mirada profunda trazaba cada detalle de su rostro una y otra vez.
El mundo entero se quedó en silencio.
Un silencio tan absoluto que parecía que solo existían ellos dos, sin nadie más, sin nada más importando.
Las tensas manos de Sebastián finalmente se relajaron al abrazarla con fuerza contra su cuerpo, apoyando su rostro en el hueco de su cuello.
Al segundo siguiente, escuchó un leve murmullo escapar de los labios de la mujer dormida en sus brazos: —Media Luna.
Su brazo se tensó ligeramente.
Ese era el nombre que ella misma le había dado al lago en forma de media luna de la isla en el pasado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....